3 de julio: santo Tomás Apóstol, el incrédulo que acabó dando la vida por Dios
Hay quien lo sitúa en la familia de Jesús por su supuesta semejanza física con él, pero lo cierto es que su mayor parecido con el Maestro fue la entrega de la vida por su causa
El incrédulo y el gemelo. Con estos dos apodos ha pasado a la historia uno de los apóstoles más mencionados por los Evangelios: el apóstol Tomás. «Fue uno de los discípulos más cercanos a Jesús, según atestiguan las cuatro listas de los Doce que aparecen en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, y en los Hechos de los Apóstoles», afirma Luis Sánchez Navarro, profesor de Sagrada Escritura en la Universidad San Dámaso, «pero su importancia procede, sobre todo, del Evangelio de Juan, donde adquiere un destacado protagonismo». De hecho, es este el libro que recoge los hechos más fiables que protagonizó, porque hay otras obras de la literatura cristiana primitiva que lo mencionan sin garantía de veracidad. Sánchez Navarro explica que existe, por ejemplo, un apócrifo copto muy conocido, el Evangelio de Tomás, compuesto en el siglo II, que consta de más de un centenar de dichos atribuidos a Jesús de modo general, adaptados a partir de los Evangelios canónicos. «Pero es una obra gnóstica cuya finalidad es reivindicar esta herejía a partir de supuestos dichos de un supuesto Jesús, atestiguados por un supuesto apóstol», cuenta.
¿Quién fue este discípulo cuyas huellas después de la Resurrección se extendieron hasta el Lejano Oriente? Aunque no resulta del todo claro, es probable que su nombre sea la helenización de las palabras hebreas y arameas que significan «gemelo» o «mellizo», de modo que la expresión Tomás el mellizo, tal como se le denomina en los Evangelios, «sería tanto el nombre como su traducción», dice el experto. El origen de este apodo, sin embargo, se desconoce, y no han faltado teorías que conjeturan acerca de un sorprendente parecido físico entre Tomás y Jesús, y hasta hay quien lo ha tenido como pariente suyo, aunque el profesor de San Dámaso indica que «la tradición antigua no lo ha considerado así».
En cualquier caso, lo más sugestivo de Tomás es su «itinerario de fe», narrado por Juan a lo largo de las páginas de su Evangelio. En su primera aparición, Tomás se muestra dispuesto a dar su vida acompañando al Maestro a Jerusalén, con el riesgo que eso suponía en un momento en que las autoridades judías lo buscaban para matarlo. Sorprendentemente, un poco más adelante, ya en la Última Cena, le pregunta a Jesús: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», lo cual «revela un desconcierto creciente ante la actitud y las palabras de Jesús», explica el catedrático de San Dámaso.

Existe una tradición muy antigua que atribuye al apóstol Tomás los comienzos del cristianismo en China, una historia que parece corroborar el hallazgo en los años 80 del siglo pasado de unos antiguos relieves en la colina de Kong Wang Shan, al nordeste del país. Un friso de 20 metros de ancho, en origen policromado, que data de los años 69-71 de nuestra era, representa una fotografía en piedra de la llegada del apóstol a China y la formación de la primera comunidad cristiana, con su catequesis, su liturgia y sus miembros, entre los que destacan sobre todo las mujeres. Crónicas escritas de la dinastía Han, entonces en el poder, y una carta firmada siglos más tarde por el mismo san Francisco Javier, apoyan esta presencia de Tomás en el Lejano Oriente.
Esta perplejidad se transformará en «dura incredulidad» después de la Resurrección, en el episodio más conocido del apóstol. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero y no meto mi mano en su costado, no creeré», dice a sus compañeros que afirmaban haber visto al Señor vivo. Ocho días después exclamará, en una reveladora profesión de fe, «Señor mío y Dios mío», cuando el mismo Resucitado le ofrezca las manos y el costado.
Más adelante, aparecerá de nuevo junto a Pedro a orillas del mar de Tiberíades, y tras la Ascensión y el envío a evangelizar, su rastro desparecerá hasta que la tradición lo sitúe de nuevo en la India, donde se cree que fue martirizado el 3 de julio del año 72. «Así pudo cumplir su primera palabra evangélica: “Vayamos también nosotros a morir con Él”», apunta Sánchez Navarro. De esta manera culminó el recorrido de fe en Tomás, «que pasó del entusiasmo a la perplejidad y la desilusión, para luego ser resucitado de nuevo por Cristo y convertirse en testigo del Evangelio hasta el don de la vida». Todo ello es para nosotros hoy un modelo de «verdadero itinerario para renovar nuestra adhesión al Maestro resucitado».