5 de noviembre: san Guido Maria Conforti, el obispo que soñó con evangelizar China

Soñó con llevar el Evangelio hasta el continente asiático, pero su frágil salud le impidió convertirse en misionero. Como obispo de Parma, encontró otra manera de cumplir su vocación: fundó los misioneros javerianos

Cristina Sánchez Aguilar
San Guido Maria Conforti
Foto: Autor desconocido.

Todas las mañanas, camino del colegio, Guido entraba en una pequeña iglesia de Parma para detenerse ante un crucifijo. Era todavía un niño cuando comenzó a rezar ante aquella imagen de Cristo clavado en la cruz. Años después recordaría aquel encuentro con unas palabras que terminarían convirtiéndose en el resumen de toda su vocación: «Yo lo miraba y Él me miraba a mí y parecía decirme tantas cosas». 

Guido Maria Conforti nació el 30 de marzo de 1865 en Casalora de Ravadese, cerca de Parma, en el seno de una familia numerosa. Era el octavo de diez hermanos. Su madre, Antonia, le transmitió una fe sencilla y profunda, pero también una preocupación que acompañaría siempre al futuro santo: el respeto y el amor por los pobres que llamaban a la puerta de su casa. A los 11 años ingresó en el seminario de Parma, pese a la resistencia inicial de su padre, que había imaginado para él otro futuro.

Hubo un segundo encuentro decisivo en aquellos años de formación. Esta vez no fue ante una imagen, sino entre las páginas de un libro. La vida de san Francisco Javier, el gran misionero navarro que había llevado el Evangelio hasta Asia, despertó en Guido un deseo irrefrenable de marcharse a tierras lejanas. Quería continuar la obra de Javier y llegar hasta China, donde tantos pueblos todavía no conocían a Cristo. La lectura de sus cartas y sus escritos fue alimentando una vocación que ya no abandonaría.

Pero su cuerpo parecía empeñado en frustrar sus planes. Una enfermedad que se manifestó durante la adolescencia puso incluso en peligro su ordenación sacerdotal. Durante años padeció graves problemas de salud y tuvo que refugiarse en la oración y en una confianza cada vez mayor en Dios. En 1888, finalmente, pudo ser ordenado sacerdote. Tenía 23 años y celebró su primera Misa en el santuario de Fontanellato. Aquel día escribió en su diario: «No puedo vivir solo para mí mismo. Con el pretexto de vivir para Dios, no tengo el derecho de abstenerme de vivir para mis hermanos».

Bio
  • 1865: nace en Casalora de Ravadese, cerca de Parma (Italia).
  • 1888: es ordenado sacerdote.
  • 1895: funda los misioneros javieranos.
  • 1907: es nombrado obispo de Parma.
  • 1928: viaja a China para visitar a sus misioneros.
  • 2011: es canonizado por Benedicto XVI.
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Su deseo de ser misionero, sin embargo, seguía sin encontrar salida. Los encargos de su diócesis se multiplicaban y su salud no le permitía emprender el viaje que tanto anhelaba. Así que decidió hacer algo que cambiaría la historia de la Iglesia misionera: si él no podía marcharse, formaría a otros para que lo hicieran. En 1895, con apenas 30 años, fundó en Parma el Instituto de San Francisco Javier para las Misiones Extranjeras, origen de los actuales misioneros javerianos. Tres meses después, los dos primeros religiosos partieron hacia China.

El proyecto no estuvo exento de dificultades. Conforti tuvo que reunir recursos, conseguir apoyos y sostener una comunidad que apenas comenzaba. En 1902 fue nombrado arzobispo de Rávena, pero su frágil salud volvió a pasarle factura y tuvo que renunciar dos años después. Regresó entonces a Parma para dedicarse a la formación de sus misioneros. En 1907, Pío X lo nombró obispo de su ciudad natal. Durante 24 años compaginó la atención pastoral de la diócesis con su responsabilidad como fundador. Visitó las parroquias hasta en cinco ocasiones, impulsó la formación del clero y promovió la conciencia misionera entre sacerdotes y fieles.

«El hombre del volver a empezar». Así lo define el misionero javeriano Rolando Ruiz en un testimonio publicado por la congregación. Y explica que su vida «no fue como él la había imaginado o deseado»: estuvo llena de callejones sin salida, retornos, fracasos y decepciones. Pero Conforti supo transformar cada contratiempo en una oportunidad para volver a confiar en Dios. «Se siente misionero y no puede ir a misiones por motivos ajenos a su voluntad, será entonces padre y maestro de misioneros», escribe Ruiz.

Todavía tuvo ocasión de cumplir, al menos parcialmente, aquel sueño de juventud. En 1928, con 63 años, viajó finalmente a China para visitar a sus misioneros. El encuentro con aquellos hombres que habían hecho realidad lo que él no pudo vivir personalmente fue uno de los grandes momentos de su vida. Allí comprendió aún mejor la dimensión de su proyecto: «Para China no son suficientes 3.000 misioneros: ¡serían necesarios 50.000!», llegó a exclamar.

Murió en Parma el 5 de noviembre de 1931, a los 66 años. Dejaba una familia misionera que ya trabajaba en China y que, tras la expulsión de los religiosos por el régimen comunista en los 50, acabaría extendiéndose por Asia, África y América. Juan Pablo II lo beatificó en 1996 y Benedicto XVI lo canonizó el 23 de octubre de 2011, durante la Jornada Mundial de las Misiones. En su tumba quedó grabado el lema que había guiado su vida: In omnibus Christus. Su sueño, finalmente, había encontrado una familia capaz de llevarlo hasta los confines del mundo.