Santiago García: «La soledad o la vivienda nos conciernen cuando anunciamos la fe»

Este profesor de la Universidad Pontificia Comillas, experto en Teología Pastoral, aboga por una evangelización encarnada en la vida de la gente

José Calderero de Aldecoa
Santiago García
Ha recibido en dos ocasiones el Premio José María Ramón de San Pedro a la mejor tesis doctoral de la facultad de Teología de Comillas. Foto cedida por Santiago García.

Hace justo una semana, el pasado jueves 22 de octubre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó el documento Venite ad me. Se trata de una serie de consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época que invita a implementar un primer anuncio con el que «tocar corazones».

—El documento señala que el primer anuncio debe ocupar el centro de toda renovación eclesial, y pide revisar la catequesis para que no quede confinada a lenguajes «escolásticos», «dogmáticos» o «moralistas». Desde la perspectiva de la teología académica, ¿cómo se puede equilibrar la necesidad de una formación doctrinal sólida sin caer en esa «fría exposición de conceptos» que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe critica?
—A mi juicio, la formación doctrinal debe introducirnos en la relación con Dios que sus palabras expresan; es importante no olvidar su origen: nacen de una relación con Dios, compartida, discernida, purificada y fijada en unas palabras o conceptos. En este sentido, los conceptos son como los hitos de un camino: orientan, pero no caminan por nosotros. Ellos nos ayudan a comprender lo que creemos, a discernir nuestras experiencias y a evitar que confundamos a Dios con nuestros deseos u otros ídolos. Esa formación adquiere toda su solidez cuando se articula con la oración, la celebración, las decisiones y la vida comunitaria. Entiendo que el documento reclama recuperar esa fecundidad de la doctrina para la existencia creyente.

—El texto nos pone el ejemplo de la predicación de Jesús, que no daba a nadie por perdido. Se preocupaba, precisamente, de los últimos. ¿En la Iglesia hemos sabido entender bien este ejemplo o hemos desequilibrado en ocasiones la balanza prestando más atención a las 99 ovejas que ya están en el redil?
—Creo que, en ocasiones, hemos dedicado —o dedicamos— demasiadas energías a conservar nuestras estructuras y atender a quienes ya participan. También a señalar a quienes se alejaban de la comunidad; aunque antes de hablar de los alejados, me preguntaría quién se ha alejado de quién y qué heridas hemos podido provocar nosotros mismos como Iglesia. Junto a ello, la reflexión y la praxis hacia los lejanos —de la fe y de la Iglesia— ha sido escasa o no bien enfocada; no hay más que recordar las precauciones de los últimos papas para que el anuncio no degenerase en proselitismo. Corregir ambos derroteros exige conversión, escucha, cercanía; tanto de nosotros hacia el Evangelio, como hacia los alejados o, directamente, lejanos.

En el texto

Doctrina de la Fe cita a Alfa y Omega en el documento. El dicasterio presidido por el cardenal Fernández se hace eco de un reportaje publicado por este periódico en el que se habla de cómo las cofradías se han convertido en puerta de entrada a la Iglesia para muchos jóvenes. Concretamente, el reportaje está centrado en el IV Encuentro Nacional de Jóvenes de Hermandades y Cofradías, que en ese momento se acababa de celebrar en Palencia con la asistencia de más de 1.000 jóvenes.Compartir en X (se abre en una ventana nueva)

—Venite ad me habla, por un lado, de las referencias en la predicación de Jesús a la vida cotidiana de sus contemporáneos y, por otro, invita a responder no solo a las «últimas» preguntas del ser humano, sino también a las «penúltimas». ¿Qué importancia tiene a su juicio la cotidianidad, la materialidad, esa predicación encarnada en la vida de la gente para la evangelización?
—Le doy una importancia fundamental, porque la evangelización debe llegar a la vida que las personas realmente están viviendo. Jesús anunciaba el Reino hablando de sus preocupaciones y haciéndose cargo de ellas: alimentaba, curaba, escuchaba y acompañaba. Entiendo que ese es también nuestro camino. El trabajo, la vivienda, la discriminación por cualquier motivo, la enfermedad, la soledad o el cuidado de los hijos, entre otras mil cosas, nos conciernen cuando anunciamos la fe. En esas experiencias se plantean las preguntas por el sentido, la confianza y la esperanza. Escucharlas y responder con palabras y hechos permite reconocer el Evangelio como algo bueno que hace nuevas todas las cosas. Creo que la credibilidad del anuncio depende mucho de esa cercanía concreta.

—El documento asume que ya no funciona la «mera inercia de la pertenencia social», es decir, el ser católico porque toca o por tradición familiar. En una sociedad tan secularizada, ¿cómo espolear la evangelización de adultos?
—Comenzaría por tomarnos en serio la vida adulta: sus responsabilidades, preguntas, decisiones y crisis. Necesitamos propuestas capaces de acompañar esas etapas, con horarios, lenguajes y procesos adecuados; a veces, lo que se propone a los adultos es una prolongación de la adolescencia o de la juventud. Creo que es muy interesante la triple dimensión del testimonio —santidad, cercanía y opción preferencial por los pobres— porque concreta la responsabilidad en la propia vida de fe: dejar que Cristo transforme nuestra existencia, hacernos próximos y compartir la vida de quienes sufren. Desde ahí podremos explicar con sencillez quién nos sostiene y ofrecer caminos de oración, formación y pertenencia comunitaria.