Los ladrones van a la oficina. Los ladrones también tienen su parroquia

Iñako Rozas Mera
Fernán Gómez, en el centro, en una de las escenas de la serie.
Fernán Gómez, en el centro, en una de las escenas de la serie. Foto: IMBD.

Regresar a Los ladrones van a la oficina produce un placer bastante particular: el de reencontrarse con una televisión que sabía sacar partido a sus actores y que concedía al espectador el tiempo necesario para disfrutar de una buena conversación. Emitida por Antena 3, la serie puede verse hoy en Atresplayer y conserva intacto buena parte del encanto de aquella comedia española. La mesa está en La Oficina, un bar madrileño regentado por Pruden (Anabel Alonso) y Smith (Antonio Resines). Allí se reúne una pequeña cofradía de truhanes: don Anselmo, interpretado por Fernando Fernán Gómez; el Escabeche de José Luis López Vázquez; el Anticuario de Manuel Alexandre y compañía. Entre recuerdos de antiguos timos y proyectos de dudosa legalidad, la cuadrilla convive bajo la mirada del comisario García (Agustín González) y su ayudante.

El reparto merece capítulo aparte. Fernán Gómez, López Vázquez y Manuel Alexandre pertenecen a esa estirpe de actores capaces de hacer memorable hasta una conversación sobre el precio del café. Resines y Anabel Alonso completan un conjunto que funciona con la naturalidad de quienes parecen llevar toda la vida compartiendo barra.

Lo curioso de estos ladrones es que uno acaba cogiéndoles cariño. Tienen sus códigos, sus pequeñas lealtades, sus rencillas y hasta cierta preocupación por el prójimo. Su particular sentido del honor difícilmente superaría un examen judicial, pero resulta reconocible esa tendencia tan nuestra a perdonar las travesuras del amigo mientras se lleva uno las manos a la cabeza ante las del vecino.

Desde una mirada cristiana, la simpatía por el pícaro tampoco debería hacernos olvidar que el engaño sigue siendo engaño. Aunque quizá convenga recordar que detrás de cada bribón también existe una persona, con sus miserias y sus afectos. En La Oficina, mientras tanto, siempre queda sitio para uno más. Y, si la conversación se alarga, hasta para otra ronda.