Semeraro: «La santidad no es solo una meta que admirar en los demás, sino una vocación que acoger personalmente»
Francisco González de Córdova y sus 79 compañeros mártires ya son beatos. El prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos los elevó este sábado a los altares en la catedral de Santander
Un repique de campanas y una larga aclamación de los fieles acompañaron este sábado el momento en que Francisco González de Córdova y sus 79 compañeros mártires fueron proclamados beatos. La catedral de la Asunción de Santander acogió una ceremonia histórica para la diócesis, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, enviado por León XIV.
El rito de beatificación llegó al comienzo de la Eucaristía, cuando el cardenal Semeraro leyó las Letras Apostólicas por las que el Papa inscribe entre los beatos a estos 80 cristianos asesinados durante la persecución religiosa de 1936 y 1937. Francisco González de Córdova, párroco de Santoña, encabeza un grupo formado por 67 sacerdotes diocesanos, tres religiosos carmelitas, tres seminaristas y siete laicos.
Después de la lectura del documento pontificio, la alegría de la asamblea se hizo visible en el descubrimiento del cuadro de los nuevos beatos y en el traslado procesional de sus reliquias hasta el altar. La Iglesia reconocía así públicamente el martirio de hombres que murieron en circunstancias diferentes, pero unidos por una misma fidelidad a Cristo.
El amor más fuerte que el odio
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Esta frase del Evangelio fue el punto de partida de la homilía del cardenal Semeraro, que situó el testimonio de los nuevos beatos bajo la luz de Cristo crucificado.
«Jesús no pronuncia palabras de condena, sino una oración de perdón», explicó el prefecto. La violencia que sufre, añadió, «no apaga su amor» y la injusticia de la que es víctima «no le lleva al odio».
Ahí, según Semeraro, se encuentra el corazón del misterio de la cruz: «La fidelidad de un amor que ni siquiera la muerte logra romper». Cuando el odio parece haber vencido, Cristo revela que el mal no puede extinguir la misericordia de Dios, porque su amor es más fuerte.
Es también ahí donde el Evangelio se encuentra con la vida de los 80 nuevos beatos. «El testimonio del mártir debe entenderse precisamente a partir del de Cristo, que en la cruz oró por sus perseguidores», afirmó el cardenal.
Los nuevos beatos no son, por tanto, simplemente protagonistas de una página dolorosa de la historia. Su martirio, subrayó Semeraro, muestra cómo la palabra de Cristo puede hacerse carne en la vida de sus discípulos.
Una multitud de «amigos del Señor»
Durante la homilía, el cardenal retomó además una expresión utilizada por León XIV pocos días antes para referirse a los mártires de Santander: son una nueva pieza de la «multitud inmensa» de los amigos del Señor.
«¡Es especialmente hermosa, ante todo, la palabra amigos!», exclamó Semeraro. Estos hombres, explicó, tocados por el amor de Cristo, fueron capaces de permanecerle fieles incluso en la hora de la prueba.
La carta apostólica leída durante la celebración convierte esa fidelidad concreta de 80 personas en un don para toda la Iglesia. La beatificación reconoce su martirio, pero también propone su vida como un testimonio que sigue hablando a los cristianos de hoy. Porque «la santidad no es privilegio de unos pocos», insistió Semeraro, sino «la vocación común de todos los bautizados».
No son solo historia
Una beatificación no consiste únicamente en recordar el pasado, sino en reconocer la presencia activa de la gracia dentro de la historia. Por eso, según el cardenal, los nuevos beatos no pertenecen solo a lo que ocurrió hace nueve décadas. «Entran en la vida de la Iglesia como amigos del Señor y como testigos que siguen indicándonos el camino de la fidelidad».
«La santidad no es solo una meta que admirar en los demás, sino una vocación que hay que acoger personalmente», afirmó Semeraro. El testimonio de quienes fueron proclamados beatos este sábado interpela a vivir, en las circunstancias concretas de cada existencia, esa misma fidelidad a Cristo.
Tras la comunión, el obispo de Santander, Arturo Ros, recogió esta misma idea al recordar que «Jesús nos enseña a entregarnos». Los mártires, dijo, habían plantado «el árbol de la cruz en el centro de su corazón» y quisieron llegar «hasta el extremo del don de sí mismos».
La lectura de la carta apostólica
El momento central de la ceremonia llegó con la lectura de la carta apostólica de León XIV. El documento pontificio, leído por el cardenal Marcello Semeraro en nombre del Papa, es el acto por el que la Iglesia reconoce oficialmente el martirio de Francisco González de Córdova y sus 79 compañeros y permite su culto como beatos.
La lectura de las Letras Apostólicas marca, de hecho, el instante preciso en que los mártires son elevados a los altares. Hasta ese momento son siervos de Dios; tras la proclamación contenida en el documento del Papa, pasan a ser reconocidos como beatos y la asamblea responde con la aclamación y el repique de las campanas.
Con esta beatificación, la Iglesia presenta a estos 80 cristianos como testigos de una fidelidad que llegó hasta la entrega de la vida. Sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos, todos ellos fueron asesinados durante la persecución religiosa de 1936 y 1937 a causa de su fe.
Desde este sábado, Francisco González de Córdova y sus compañeros pueden ser venerados como beatos y su testimonio pasa a formar parte oficialmente del patrimonio espiritual de la Iglesia.