Alberto López Recuero: Cuando hay «amor y misericordia», incluso en las celebraciones civiles «está Dios»

El delegado episcopal de Exequias de Madrid señala el «sentimentalismo» que rodea la muerte, y pide a la Iglesia saber «acompañar» el proceso de duelo que viene después

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Alberto López Recuero
foto cedida por Alberto López recuero. Foto cedida por Alberto López Recuero.

—Las cifras parecen constatar un aumento del deseo de muchas familias de celebrar un funeral civil, incluso por encima del religioso. ¿Por qué sucede esto? 
—Porque muchas personas no conocen a Dios. La secularización de la sociedad ha llegado a un punto en el que hay gente que ni siquiera sabe que Dios existe. Además, creo que a algunas familias les chirría que entre un sacerdote al velatorio, porque lo perciben como alguien ajeno. Prefieren hacer algo entre ellos, algo más familiar. También puede ocurrir que la liturgia les suene fría. A veces, el sacerdote llega, hace el responso y se marcha. Creo que las familias que optan por una despedida civil buscan algo más humano, una ceremonia en la que puedan decir adiós a su ser querido de una manera más cercana. Nosotros, como Iglesia, a veces adolecemos de esa cercanía que piden los familiares de los fallecidos.

—¿Esa cercanía es lo que se está descubriendo en los funerales civiles?
—De algún modo, sí. Se proyectan fotografías y, si alguien quiere decir unas palabras, lo hace. Aunque muchas veces, en esas mismas intervenciones se evocan ideas de nuestra propia fe. Cuando dicen que el difunto seguirá presente, están expresando que la muerte no es el final. También se recurre a poemas que puedan transmitir esperanza, en lugar de leer el Evangelio. En definitiva, se hace algo parecido, pero de una manera laica.

—¿Está cambiando nuestra relación con la muerte?
—Sin duda. Sin ánimo de acusar a nadie, me parece que hay mucho sentimentalismo y cierto infantilismo. Cuando aparece la muerte, de alguna manera, intentas quitártela de encima en 24 horas. Yo me he encontrado a veces al difunto solo en una sala. Hay personas que han sido enterradas sin que nadie las acompañara, salvo quizá algún vecino o nosotros mismos desde la pastoral de Exequias. Los tanatorios parecen a veces un lugar de socialización…

—Eso pasa también en las despedidas civiles…
—Sí, se repite que el difunto siempre estará en nuestro corazón, que nunca morirá porque seguirá con nosotros. Pero, si te das cuenta, cuando tú mueras, esa persona ya no estará en el corazón de nadie. Ahí reside, en mi opinión, la diferencia que introduce la fe: nos ofrece un horizonte más amplio, hay una vida que va más allá de esta. La Iglesia reza por los difuntos, incluso por aquellos de los que ya nadie se acuerda o que ya no están en el corazón de nadie.

—¿Qué puede hacer la Iglesia para recuperar terreno en este ámbito?
—La Iglesia realiza un recorrido sacramental con la persona desde que nace, y la acompaña a lo largo de su vida. Sin embargo, cuando llega la muerte, creo que ahí estamos menos presentes. El sacerdote puede celebrar el funeral, pero hay que tener en cuenta que tiene muchas otras cosas que hacer y no siempre puede estar disponible para acompañar a la familia durante todo el proceso de duelo que viene después.

El acompañamiento debería ir más allá del tanatorio. Los sacerdotes llegan allí y dicen que el difunto está con Dios, que Dios nos quiere mucho, y se marchan. En mi opinión, eso no satisface a alguien que tiene el corazón roto. Quizá no tenemos los conocimientos necesarios para acompañar el duelo, o nos falta empatía para humanizar ese momento.

—¿A qué se refiere cuando habla de humanizar ese momento?
—Recuerdo una celebración en la que una mujer me dijo: «Aquí se está hablando mucho de Cristo y de la Virgen, pero de mi madre nada». Tenía razón. No siempre estamos preparados para acompañar el duelo. No basta con hacer un responso, que en ocasiones puede resultar frío. Las personas necesitan algo más.

Se habla mucho de tender puentes entre la Iglesia y la sociedad, pero la cuestión es quién los cruza y cómo los cruza. Y ahí hay algo importante: incluso en las celebraciones civiles está Dios, aunque no se pronuncie su nombre. Nos reunimos por amor, para despedir a nuestro difunto y, de alguna manera, para pedir por él. Sigue habiendo misericordia aunque no aparezca la palabra «Dios».