Caminar, anunciar, vivir
XIV Domingo del Tiempo Ordinario / Lucas 10, 1-9
Evangelio: Lucas 10, 1-9
Después de esto, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».
Comentario
Jesús, antes de emprender su camino definitivo hacia Jerusalén, envía a un grupo numeroso de discípulos a recorrer los pueblos y aldeas. No se trata de los Doce, sino de quienes están dispuestos a participar en su misión. El envío no es solo una instrucción concreta para un momento determinado; es, más bien, una clave permanente para comprender qué significa ser seguidores de Jesús.
Las primeras palabras del discurso son toda una invitación a ponerse en camino, porque Él insiste en caminar. Es la fe la que impulsa a salir de uno mismo, a dejar la comodidad de lo conocido y a abrirse al encuentro con el otro. El movimiento que propone Jesús no es de repliegue ni de autopreservación; es una salida confiada, humilde y real hacia quienes esperan una palabra de aliento, una señal de esperanza o, simplemente, una presencia que no juzga.
Esta orientación contrasta con una tentación que ha acompañado a las comunidades creyentes a lo largo de la historia: cerrarse, protegerse, custodiarse como si fueran piezas de museo. El Evangelio no es un objeto, sino una fuerza viva que solo se comprende en el compartir. Jesús no invita a edificar estructuras perfectas, sino a sostener relaciones humanas reales, en las que la verdad del mensaje se verifique en el amor que se ofrece.
Lo que anuncia la cercanía de Dios no son solo los discursos, sino los gestos concretos que sanan, alivian y restauran. Sanar, en este contexto, no implica tener soluciones para todo, sino dejar que la propia vida sea un canal de compasión. En cada cuidado, en cada acto de escucha verdadera, en cada herida acompañada, el Reino se hace presente.
Por eso es necesario preguntarse con sinceridad: ¿qué caminos permiten hoy anunciar el Evangelio de manera significativa? ¿Qué es lo que verdaderamente toca el corazón en medio de un mundo tan fragmentado y polarizado? Tal vez una de las urgencias más grandes sea recuperar la capacidad de mirar la realidad sin miedo ni condena, con una misericordia que no humilla, sino que dignifica. Evangelizar no es imponer, sino crear espacios donde la vida pueda ser mirada con dignidad, aun en medio de sus contradicciones. No se puede evangelizar solo con palabras. El Evangelio crea vida. En la llamada a la conversión está implícito, como su condición fundamental, el anuncio del Dios vivo.
También aquí debe tenerse presente el aspecto práctico. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. La oración es fe en acto. Y solo en la experiencia concreta de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia. Por eso son importantes los espacios de oración, personales y comunitarios.
La liturgia, cuando se celebra con autenticidad, no es un discurso, sino un espacio donde Dios actúa y se revela. No es invención humana, sino herencia viva, expresión del misterio que nos supera. Solo así la comunidad podrá intuir la presencia de un amor que transforma.
El Evangelio no se hereda por costumbre ni se transmite por obligación. Solo puede ser recibido por quien percibe, en medio de la fragilidad humana, la fuerza de un amor que no excluye. Hoy estamos invitados a ser signos visibles de esa cercanía de Dios que no oprime, sino que libera; que no condena, sino que sana; que no separa, sino que reconcilia. Desde esa experiencia, el camino se abre, y la Buena Noticia encuentra nuevos modos de florecer en medio de la historia.