Casa de ejercicios de Toledo: «Dolor, pero también paz»
La diócesis de Toledo puso a disposición de las víctimas del accidente de trenes su casa de ejercicios. «El Señor ha estado permanentemente en el sagrario», cuenta su directora
Un espacio de silencio, encuentro y descanso. Así se presenta en su web la Casa de Ejercicios El Buen Pastor, de la diócesis de Toledo. Así la han podido vivir estos días cerca de 60 familiares de las víctimas del accidente de tren en Toledo, que han residido aquí a la espera de conocer las noticias de sus seres queridos. Su directora, Marta Mocejón, cuenta a Alfa y Omega cómo han sido estos días de convivencia entre familias, sacerdotes y psicólogos.
—Una vez que se produjo el accidente, ¿cómo se puso en marcha la acogida de las familias en la casa de ejercicios?
—Nada más conocerse la noticia, los responsables de la diócesis empezaron a movilizarse para ver cómo podían ayudar. El vicario territorial de Toledo, Miguel Ángel Gómez, se puso en contacto con la Presidencia de la Junta de Castilla-La Mancha para ofrecer las instalaciones diocesanas y ponerse a disposición del Gobierno regional para lo que necesitase. A raíz de ese ofrecimiento, desde la Presidencia volvieron a llamar para preguntar si podíamos acoger a las familias de las víctimas.
Fue el mismo miércoles por la tarde, cuando nos confirmaron que podíamos tener la casa disponible. Las instalaciones estaban preparadas en su totalidad. La primera familia llegó a partir de las 19:00 horas y hemos estado acogiendo a familiares hasta ayer, cuando se marchó la última, que fue precisamente la primera que llegó.
—¿Queda alguna familia alojada actualmente?
—No, ahora mismo ya no queda ninguna familia. Siguen aquí trabajadores de Renfe e Iryo, porque todavía queda pendiente la gestión relacionada con las familias de los pasajeros extranjeros y están a la espera de si alguna de ellas necesita venir.

Renfe e Iryo tienen aquí su centro de atención e información a las familias. De momento están ellos realizando los trámites que tienen que hacer y, si alguna familia solicita venir, seguiremos ofreciéndole la casa de ejercicios y nuestras instalaciones. Estamos a disposición de todos hasta que finalicen los procesos y para lo que haga falta.
Un ambiente familiar
—En otras situaciones de este tipo se han habilitado pabellones o espacios más impersonales. Imagino que poder ofrecer una casa de ejercicios habrá dado a la acogida un carácter más familiar.
—Eso es precisamente lo que nos han transmitido tanto los familiares como los propios trabajadores. Nosotros tampoco habíamos vivido nunca algo así en primera persona. Estamos acostumbrados a trabajar con mucha gente, porque la casa tiene mucha capacidad, pero lógicamente no en una situación como esta.
Algunos trabajadores, que por desgracia han visto otras tragedias de este tipo, nos decían que la acogida había sido diferente. Incluso algunos familiares esperaban encontrarse en un pabellón, en esos espacios que se habilitan de manera provisional. Una mujer, por ejemplo, me decía: «Yo esperaba estar en las camitas que monta el Ejército». Sin embargo, aquí han tenido habitaciones individuales.
Los psicólogos nos han explicado también que, a la hora de trabajar con las familias, no tiene nada que ver su estado de ánimo cuando están alojadas en un pabellón o en unas instalaciones provisionales con lo que supone estar en una casa como esta.
—¿En qué sentido?
—Cada persona tenía su habitación, con su propio baño y su intimidad. Cuando necesitaban retirarse, podían hacerlo. También contaban con amplios espacios comunes, comedores donde podían sentarse tranquilamente a comer y un servicio de manutención completo.
El jardín también ha ayudado muchísimo, porque las familias podían salir, entrar y pasear. Dentro de la tragedia que estaban viviendo, al menos hemos podido contribuir a mitigar un poco su sufrimiento ofreciéndoles una estancia confortable y digna.
La capilla en el centro
—La casa cuenta también con una capilla. ¿Ha sido importante disponer de ese espacio durante estos días?
—Ha sido fundamental. La casa tiene una capilla principal, que es la más grande, y otras dos más pequeñas. Las tres están siempre abiertas y el Señor está permanentemente en el sagrario.
Durante estos días, especialmente, hemos contado con muchísimos sacerdotes de la diócesis. Desde el primer momento, a través de los vicarios, se movilizaron para que siempre hubiera sacerdotes aquí. Han ayudado tanto en las cuestiones más prácticas que hacían falta como en el acompañamiento espiritual.
Las familias han tenido misa diaria y también ha habido una Hora Santa con exposición del Santísimo. Toda esa ayuda espiritual, que a veces no tenemos suficientemente en cuenta, se ha sumado al servicio que se les ha prestado. Las familias lo han agradecido y han notado que, dentro de su dolor, también les ayudaba a sobrellevar mejor la situación.
Paz en el dolor
—¿Cómo ha sido el ambiente durante estos días? Imagino que, pese a la dureza de lo ocurrido, el hecho de haberlo vivido en este entorno habrá dado a la situación un tono especial.
—Nosotros no teníamos demasiada información sobre datos o cifras, porque nuestra labor consistía en atender a las familias y procurar que estuvieran bien. Pero el ambiente que se ha vivido ha sido muy humano. Últimamente parece que estamos todos enfadados con todos, y aquí hemos vivido justamente lo contrario. Cada persona podía tener sus motivos para estar enfadada, triste o sufrir de una manera distinta, pero la tónica general ha sido el acompañamiento entre ellos. No se ha escuchado una voz más alta que otra en ningún momento. Eso nos ha sorprendido. Creo que ha ayudado a las familias y también a quienes estábamos trabajando aquí. El ambiente era completamente distinto al que quizá se haya podido ver en televisión en otros lugares. Por supuesto que había dolor, pero también había paz. Dentro del dolor, había paz.
—¿Las familias se han dejado acompañar también por los sacerdotes?
—Sí, sí. Recuerdo, por ejemplo, a una mujer que estaba alojada aquí con su marido desde el miércoles. Cuando llegaron, estaba completamente descolocada y hasta me preguntaba qué esto. Sin embargo, el último día me decía: «De verdad, estamos todos súper agradecidos. Dadles las gracias de mi parte a los sacerdotes, porque sin ellos no sé qué hubiese sido esto».
Es decir, personas que quizá en un principio no tenían esa fe también han sentido el apoyo y la ayuda de los sacerdotes. Y es que han estado para todo: desde servir en el comedor o preparar una habitación hasta sentarse a escuchar a las familias y acompañarlas espiritualmente. Han estado disponibles para lo que hiciera falta, y las familias lo han notado.