El Centro de Escucha San Camilo ante el accidente de tren: «El acompañamiento es clave»

El responsable de la Unidad Móvil de Intervención del Centro de Escucha San Camilo y del área terapéutica de Repara, Valentín Rodil, señala el papel de la Iglesia ante sucesos trágicos como el ocurrido este miércoles

José Calderero de Aldecoa
Laborees de rescate en el lugar del accidente. Foto: EFE/Ismael Herrero.
Laborees de rescate en el lugar del accidente. Foto: EFE/Ismael Herrero.

—¿Cuál es la labor de un centro de escucha ante un caso como este? ¿Vais a tener presencia en Urda?
—A las emergencias no vamos, porque además estas cosas hay que coordinarlas. Si dentro de algunos días la Iglesia solicita nuestra presencia, acudiremos. Hay que tener en cuenta que hay un montón de gente afectada, a niveles distintos: Hay muertos, familiares de víctimas, gente que a lo mejor ha quedado amputada, personas que a lo mejor también iban en el tren siniestrado pero que no han sufrido daños físicos. Al final, todos ellos necesitan atención, cercanía y, por supuesto, atención veraz.

—Alfa y Omega pudo hablar con el párroco de Urda poco después del accidente. Dejó inmediatamente todo lo que tenía entre manos y se trasladó hacia el lugar del trágico suceso para ayudar en lo posible. ¿Cómo valora este gesto?
—La Iglesia es comunitaria, es comunidad, y se constituye inmediatamente como tejido social. En sucesos como este, las figuras de los iguales tienen que estar, pero también debe haber alguna figura referente en la que mirarte. Es como un punto de referencia. En este sentido, el que el sacerdote se haga presente y se ponga al frente de la comunidad para generar espacios de solidaridad, de cercanía, de fraternidad es vital. Y esto solo ocurre en la Iglesia. Si hubiera otros tejidos sociales también valdrían, pero no los hay y por eso las parroquias son claves.

Valentín Rodil
Valentín Rodil. Foto: Belén Díaz.

—La Iglesia, además, acompaña habitualmente a las personas al final de la vida.
—Sí. Todos los comunicados de las distintas realidades eclesiales y de los diferentes obispos han mostrado su cercanía, su solidaridad, su pésame, pero uno de ellos, además, ha puesto una frase del ritual de exequias. La Iglesia, como dices, es experta en acompañamiento al final de la vida y ese mensaje ha calado, porque cada vez se escucha más el término acompañamiento fuera del contexto eclesial. También ha habido un aprendizaje por nuestra parte; hemos sabido ir más allá de la referencia al paraíso al final de la vida.

—¿Cuáles son las claves para acompañar a una persona que ha perdido un familiar?
—Lo primero tiene que ver con lo actitudinal. Es ser consciente de que tú no le puedes arreglar la vida a esa persona, porque la solución sería que su familiar no estuviera muerto. Una de las palabras clave es acompañamiento. También hay que tener claro que uno ha de estar templado. Es decir, ni situarte demasiado lejos de lo ocurrido —frialdad— ni actuar en caliente. Por último, es preciso hablar de la contención y la escucha. Son palabras vitales, que están muy relacionadas. Hay que escuchar a las personas, que se desahoguen, que vayan expresando lo que llevan dentro; y así al ir verbalizándolo, la misma persona va conteniendo su reacción, y empieza a generar una mejor respuesta en su cerebro. Sobre la escucha también decir que debe ser una escucha humana, paciente, una escucha que no sea solucionadora, una escucha que no sea enjuiciadora.

—Es imposible no acordarse de Adamuz, pero ¿cómo afecta este recuerdo ante la situación actual?
—En este caso, sí hay un sumatorio. Yo creo que los afectados de Adamuz reverdecen un poco a todos los niveles, porque, por un lado, estaban ya siendo olvidadas y, por otro, porque el nuevo accidente resucita de nuevo el dolor. Por otro lado, la confluencia de estos dos accidentes pone en alerta a la gente y genera miedo. Aunque ahora es el momento de centrarse en la emergencia.