Fabio Attard: «Los jóvenes necesitan ver la fe más que escuchar la fe»
El rector mayor de los salesianos reivindica la vigencia del carisma de Don Bosco ante los retos de los jóvenes, desde la soledad hasta la inteligencia artificial, con motivo de los aniversarios de Salesianos Atocha y los salesianos cooperadores
El rector mayor de los salesianos, el maltés Fabio Attard, visitó Madrid del 22 a 25 de octubre. El motivo de este viaje fue el 150 aniversario de los salesianos cooperadores y el 125 aniversario de Salesianos Atocha. Una oportunidad de encontrarse con las comunidades salesianas, los alumnos y educadores, animadores del Centro Juvenil Atocha, los salesianos cooperadores, los jóvenes y la Familia Salesiana. En conversación con Alfa y Omega, reflexiona sobre cómo actualizar el carisma de Don Bosco sin perder su esencia, el papel de los laicos en la misión salesiana y la necesidad de acompañar a los jóvenes en su búsqueda de sentido. También aborda los retos de la inteligencia artificial y reivindica una educación basada en la acogida, la confianza y las relaciones humanas.
—En 1901 los salesianos llegaron a Atocha con una apuesta decidida por la formación profesional y por los jóvenes que tenían menos oportunidades. ¿Qué cree que diría hoy Don Bosco al contemplar la realidad de este colegio y de la juventud madrileña?
—Don Bosco nos diría lo mismo que los salesianos han hecho desde el principio: allá donde vamos, lo primero es escuchar a los jóvenes y leer su situación. No llegamos con una respuesta pastoral sin antes escuchar y comprender su realidad. A partir de ahí, buscamos cómo interpretar esa realidad y convertirla en una pregunta que nos ayude a encarnar el carisma salesiano. Hoy Don Bosco tendría una mirada llena de compasión y escucha hacia los jóvenes. Buscaría ofrecerles, en primer lugar, espacios humanos, que es algo que necesitan. Y, desde una relación en la que se sientan amados, les propondría oportunidades culturalmente válidas y una formación profesional de calidad, para que puedan prepararse de manera integral para el futuro que les espera.
—Después de 125 años de colegio, 150 de salesianos cooperadores, ¿qué permanece intacto del sueño de Don Bosco y qué se necesita cambiar para que siga respondiendo a las necesidades de los jóvenes de hoy?
—El carisma salesiano, que es acción del Espíritu, no es algo que necesitemos cambiar o adaptar. Don Bosco supo ponerse a la escucha del Espíritu de Dios, que lo llamaba a mirar a los jóvenes de su tiempo y a ofrecerles una formación integral. Hoy el carisma salesiano debe seguir abierto a la dimensión humana y ayudar a los jóvenes a buscar sentido y comprender su manera de ser. Para ello, debemos ofrecerles una mirada humana, educativa y espiritual, en un entorno en el que puedan sentirse acogidos, escuchados y acompañados. Cuando miramos a Don Bosco, encontramos los elementos del carisma que después dieron forma a lo que conocemos como sistema preventivo, basado en tres pilares: la razón, la religión y el amor, entendido como amabilidad. Son las dimensiones humana, espiritual y afectiva de la educación. Lo que el carisma nos pide en la actualidad es profundizar en el conocimiento espiritual, carismático y cultural del ambiente al que el Señor nos envía, para poder ofrecer este regalo a los jóvenes de hoy.
—Los salesianos cooperadores son una apuesta clara por los laicos. En una Iglesia marcada por la sinodalidad, ¿qué es lo que puede aportar a la vida de la Iglesia está apuesta que los salesianos han hecho desde hace 150 años?
—Don Bosco se inspiró en las órdenes religiosas tradicionales, pero quiso que los salesianos cooperadores formaran parte de un movimiento de personas que colaboraran en todos los procesos educativos y pastorales. No solo en la oración y la vida espiritual, sino también en la acción pastoral. Los concebía como parte integrante de la misión salesiana, que podían compartir tanto en las presencias de los salesianos como allí donde no los hubiera. Inspirado por el carisma y conociéndolo, el salesiano cooperador puede vivirlo y comunicarlo allí donde se encuentre. La sinodalidad forma parte de nuestra experiencia desde los años 70, después del Concilio Vaticano II. Desde entonces comenzamos a hablar no solo de la comunidad religiosa salesiana, sino de la comunidad educativo-pastoral. En cada presencia, la responsabilidad de la misión no recae únicamente en los salesianos, sino que se comparte con los laicos: profesores, voluntarios, animadores y familias, que para nosotros son protagonistas de la misión salesiana. Por eso, entendemos la sinodalidad como una forma de vivir la comunidad educativo-pastoral, acompañada por los salesianos y compartida por todos.

—Los jóvenes para ustedes son fundamentales. Hoy viven hiperconectados, pero al mismo tiempo experimentan soledad, incertidumbre, falta de referentes. ¿Qué puede ofrecer la pedagogía de Don Bosco ante esta realidad?
—La pedagogía de Don Bosco ofrece, en primer lugar, un espacio humano. La acogida y el patio no son para nosotros solo un lugar físico, sino un espacio pedagógico y pastoral. En una cultura cada vez más fragmentada y anónima, en la que faltan referentes y valores, la presencia salesiana busca que el joven, cuando entra, se sienta acogido, esperado, escuchado y acompañado. Nuestro compromiso es fortalecer esa dimensión humana para que se convierta también en una experiencia pedagógica, espiritual, cultural, educativa y evangelizadora. La experiencia nos demuestra que, cuando las comunidades educativo-pastorales están verdaderamente conectadas con su entorno, ofrecen a los jóvenes una referencia que da sentido a sus vidas. El reto es que esa experiencia personal se transforme también en una experiencia comunitaria. Pero no queremos que los jóvenes sean únicamente receptores. Queremos que sean protagonistas. Por ejemplo, a través del voluntariado, no solo en lugares lejanos, sino también en nuestros propios centros. En muchos colegios y centros juveniles ofrecemos a los animadores la oportunidad de implicarse no solo en la organización de actividades, sino también en procesos educativos al servicio de los chicos más necesitados. La presencia salesiana acoge y acompaña a los jóvenes en su crecimiento para que lleguen a ser protagonistas de la acción educativo-pastoral y de la construcción de su propio proyecto de vida y de su vocación.
—Usted ha hablado sobre la nueva comprensión que los jóvenes tienen de la fe hoy en día. ¿Cómo se puede proponer a Jesucristo a los jóvenes sin dar por supuesta la fe, y, al mismo tiempo, sin ocultar la identidad cristiana de la propuesta educativa salesiana?
—Los jóvenes de hoy, como hemos visto con la visita del Papa a España y a Francia, son buscadores. Buscan algo y a alguien que dé sentido a sus vidas. Buscan personas que, por su manera de ser, les hagan descubrir que hay algo significativo e importante, que no hay superficialidad ni artificialidad. Cuando encuentran espacios con propuestas que tienen sentido, no tienen miedo de acercarse a ellas. No es verdad que los jóvenes no quieran saber nada de la fe. Están buscando y piden a los adultos que se la comuniquemos, en primer lugar, a través del ejemplo. Los jóvenes necesitan ver la fe más que escuchar la fe. Cuando encuentran ambientes, personas y propuestas humanamente significativas, que les acercan a Jesús, no las rechazan. Por eso, debemos ser educadores que acompañen de manera gradual, con mucha paciencia y escucha. Se trata de ayudar a que emerjan las preguntas más profundas que llevan en el corazón y de acompañarlos en su búsqueda, en un contexto donde encuentren personas capaces de transmitir, con su vida, los valores que ellos mismos están buscando.
—En una época marcada por la inteligencia artificial, que afecta especialmente a los jóvenes, ¿qué riesgos y oportunidades ve en la IA y en el entorno digital? ¿Qué debería seguir siendo irrenunciablemente humano en la educación salesiana?
—El Papa, en la encíclica Magnifica humanitas, nos ha ofrecido una reflexión muy interesante, concreta y actual. Es importante mirar la inteligencia artificial como algo positivo, pero debemos preguntarnos: ¿vamos a humanizarla o vamos a incrementar su poder dejando que la dimensión humana sufra en lugar de entrar en diálogo con ella? Cuando hablo con los jóvenes, les cuento que utilizo plataformas de inteligencia artificial, pero insisto en una idea: yo uso las plataformas, no dejo que las plataformas me usen a mí. Esto significa situar los desafíos y las oportunidades de la inteligencia artificial en un contexto de relaciones humanas significativas, que los jóvenes puedan vivir de una manera plenamente humana. Hace dos o tres semanas estuve en Japón y los jóvenes me decían: «Estamos muy comprometidos en las redes sociales, pero antes que pantallas queremos rostros». Hoy es importante abordar la inteligencia artificial en el marco de relaciones educativas en las que los jóvenes puedan confiar en los adultos. Se trata de conseguir que las oportunidades que nos ofrece la tecnología sigan siendo oportunidades, y no se conviertan en motivos de miedo o en peligros. No podemos adoptar una actitud que nos aleje de todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.