Cuando pensamos en aporofobia, solemos imaginar una agresión contra alguien que duerme en la calle. Esa imagen señala una expresión grave del rechazo a la pobreza, pero deja fuera muchas otras, menos visibles y normalizadas. También puede sufrirlo quien trabaja y no llega a fin de mes, una familia que solicita una ayuda o una persona que accede a vivienda pública. Tener un techo no protege necesariamente frente al desprecio. La cuestión es cómo miramos y tratamos a quienes disponen de menos recursos.
La filósofa Adela Cortina acuñó el término «aporofobia» para nombrar el rechazo a las personas pobres. Su aportación permite reconocer una discriminación que puede confundirse con otras o presentarse como una reacción razonable. Una misma sociedad puede recibir con entusiasmo a quien llega con dinero y desconfiar de quien necesita apoyo. El concepto invita a preguntarse cuánto pesa la posición económica en esa diferencia de trato, sin negar que pueda entrelazarse con el racismo u otras formas de exclusión.
La primera ola de EINA (Encuesta de Indicadores Nacionales de Aporofobia) ayuda a observar ese rechazo más allá del sinhogarismo. Entre sus 6.000 participantes, el 50,4 % está de acuerdo con que las personas pobres tienden a acomodarse y depender de las ayudas en lugar de buscar soluciones. El 43 % considera que intentan aprovecharse de los programas de asistencia pública y el 33,1 % las ve como una carga para los recursos y servicios públicos.
Estas preguntas hablan de ayudas y servicios que pueden utilizar personas con situaciones muy diferentes. Su interés está precisamente ahí: muestran que la desconfianza puede dirigirse hacia la condición de necesitar apoyo, sin que aparezca una persona viviendo en la calle. El prejuicio convierte una circunstancia económica en una explicación asociada al carácter de la persona. En lugar de preguntar qué obstáculos encuentra alguien para salir de la pobreza, presupone que su situación refleja comodidad, oportunismo o falta de voluntad.
El sociólogo Erving Goffman ofrece una herramienta para entender ese mecanismo: el estigma. En su obra explica cómo un atributo socialmente desacreditado puede eclipsar el resto de la identidad. Aplicado a la pobreza, permite comprender qué ocurre cuando dejamos de ver a una vecina con conocimientos, responsabilidades y proyectos para verla únicamente como beneficiaria de ayudas. La necesidad económica pasa a funcionar como una etiqueta que condiciona la credibilidad, el respeto que le concedemos e incluso la dignidad de la persona que estamos juzgando por su pobreza.
Los resultados de la EINA también aproximan el debate al vecindario. El 23,3 % expresa incomodidad ante la construcción de una promoción de vivienda pública en su entorno. Es una actitud hacia la vivienda pública que habrá que estudiar y poder explicar más a fondo sobre los prejuicios hacia sus posibles residentes.
El economista Amartya Sen amplía el debate al entender la pobreza como privación de capacidades, más allá del ingreso. Importa qué posibilidades tiene una persona para llevar una vida integrada en la sociedad. Desde esta mirada, disponer de alojamiento no resuelve por sí solo las dificultades para participar en la sociedad. Si además la necesidad económica se interpreta como inferioridad personal, el problema exige atender tanto a los recursos disponibles como al reconocimiento de quien los necesita.
EINA recoge actitudes declaradas de rechazo, y no permite medir por sí sola todas las prácticas discriminatorias ni explicar sus causas. El problema aparece cuando el debate sobre las políticas se convierte en una descalificación de las personas pobres y les atribuye menor valor o legitimidad por el hecho de recibir apoyo.
Combatir la aporofobia, en cualquiera de sus formas, requiere ampliar las preguntas. Además de prevenir las agresiones, conviene examinar cómo hablamos de las ayudas, cómo atendemos a quien las solicita y qué barreras levantamos en nuestros barrios. Los datos de esta encuesta nos orientan a plantear más preguntas que respuestas. Debemos mirar más allá de la pobreza de las personas y mirar a los ojos; eso nos permitirá combatir y luchar contra la aporofobia.
La autora presentó con el equipo de AporoLAB, el 22 de octubre, la Encuesta de Indicadores Nacionales de Aporofobia en la 4ª Conferencia Internacional sobre Aporofobia, organizada por IQS junto a una alianza de instituciones de la Universidad Ramon Llull.Compartir en X (se abre en una ventana nueva)