El Pontífice busca en la educación y los jóvenes un camino para hablar al Uruguay laico
Dedicó dos de los grandes encuentros de su primera jornada completa en Montevideo al mundo educativo y a la juventud. En un país marcado por una profunda secularización, pidió educar a «toda la persona» y animó a los cristianos a no confundir ser minoría con ser insignificantes: «Para iluminar mucho no hace falta ser muchos»
Según fuentes locales consultadas por Alfa y Omega, la visita de León XIV está despertando una repercusión limitada fuera de los ambientes directamente vinculados a la Iglesia, más allá de la curiosidad y el interés que suscita en un país «la llegada de un jefe de Estado». Y, sin embargo, el Papa ha elegido precisamente dos espacios especialmente significativos para dialogar con un país que conoce bien la secularización: la educación y los jóvenes.
El sábado por la tarde, hora local, en apenas unas horas, León XIV se dirigió primero al mundo educativo reunido en la Universidad Católica del Uruguay y, ya por la noche, celebró una vigilia de oración en el Estadio Centenario. Dos públicos diferentes pero con un mismo desafío de fondo: cómo anunciar y vivir la fe cuando esta ha dejado de ocupar el centro de la vida social y corre el riesgo de quedar confinada al ámbito privado. Uruguay, dijo a los jóvenes, puede enseñar a otras comunidades cristianas qué significa «ser una minoría».
Educar a toda la persona
Ante profesores, estudiantes y responsables de instituciones educativas, León XIV quiso empezar por una convicción: la educación no puede reducirse a la transmisión de conocimientos. La misión de la escuela y de la universidad consiste en acompañar el crecimiento integral de la persona.
Uno de los desafíos, explicó, es recuperar la capacidad de contemplar. En un tiempo en el que la atención parece cada vez más fragmentada, pidió que la educación ayude a los jóvenes a encontrar espacios de silencio y discernimiento. «Contemplar es evangelizar en ese proceso cognitivo cada vez más difícil: la atención», afirmó.
También vinculó la educación con la paz. Las manos humanas pueden acariciar, abrazar y trabajar, pero también producen «la más terrible de las obras humanas: la guerra». Por ello, sostuvo que educar es también enseñar a construir la paz y a reconocer en el otro a alguien digno de ser acogido.
El Papa situó asimismo la inteligencia artificial entre los grandes retos educativos. No se trata de rechazar la tecnología, sino de utilizarla sabiamente, «colocando a la persona antes que el algoritmo» y armonizando las distintas dimensiones de la inteligencia humana.
La advertencia se amplió después a un fenómeno que calificó como un proceso de «deshumanización». «Mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales —lamentó—, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas». Y lanzó una afirmación rotunda: «Nadie puede ser rechazado».
La educación católica, añadió, tampoco puede encerrarse en sí misma. Debe escuchar a las familias, a la sociedad civil y a las instituciones, y enseñar a los jóvenes a descubrir al otro «no como una amenaza, sino como un bien».
La experiencia de ser una minoría
Horas después, el escenario era completamente distinto. En el Estadio Centenario, el Papa se encontró con los jóvenes y con las comunidades cristianas uruguayas. Pero el diagnóstico volvió a ser el mismo: el avance de la secularización y una indiferencia religiosa cada vez más extendida.
«La fe ha dejado de transmitirse con la naturalidad de generaciones anteriores», reconoció. León XIV no presentó esta situación como una derrota. Más bien, invitó a cambiar la mirada. Los cristianos uruguayos, señaló, han aprendido a vivir y anunciar su fe en ese contexto y su experiencia puede servir a otros creyentes que también empiezan a descubrir qué significa ser minoría.
Para explicarlo recurrió a Belén. Una ciudad pequeña, aparentemente insignificante, elegida por Dios para el nacimiento de Jesús. «Dios escogió Belén, y esa elección basta para que no identifiquemos pequeñez con insignificancia», dijo.
En este punto, León XIV se dirigió directamente a los jóvenes. Les pidió que no tuvieran miedo al compromiso y que se atrevieran a apostar por decisiones definitivas. «No le teman al “para siempre”», afirmó. Porque, insistió, la buena noticia necesita testigos.
La vigilia terminó con una llamada a no conformarse con «una vida simplemente correcta» ni con «una fe de costumbre que se contente con lo indispensable». «Sean santos», pidió León XIV. «No le den a Dios solamente una parte de ustedes, ¡dense por completo!».
«Cuando ser justo y honrado tenga un precio, páguenlo. Cuando perdonar parezca una derrota, perdonen. Cuando todos les digan que piensen primero en ustedes mismos, no tengan miedo de hacerse los últimos; sean capaces de entregar tiempo, dinero, comodidad y proyectos para servir a los demás. Que quien los mire pueda preguntarse: “¿Por qué vive así? ¿De dónde saca esta libertad? ¿Por qué se aman tanto?».Compartir en X (se abre en una ventana nueva)