Los primeros pasos de León XIV marcan el camino de su pontificado
«Estoy aprendiendo a ser Papa», asegura. Pero lo dice tranquilo. Ya ha confirmado que va a actuar en sintonía con el Vaticano II y con Francisco, en líneas como el «primado de Cristo» y «la conversión misionera»
«Aún estoy aprendiendo a ser Papa», confió León XIV a un grupo de periodistas durante su primera audiencia en el Aula Pablo VI, cuatro días después de la fumata blanca. No sabía dónde saludar, qué hacer con los regalos que recibía y cómo entregar los rosarios. En pocas horas ha tenido que hacer un curso acelerado sobre cómo ser líder mundial, que ha incluido una salida de Roma para visitar un santuario, un ángelus programático ante más de 100.000 personas y una delicada conversación con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
En las crónicas vaticanas quedará marcado el 8 de mayo de 2025 como el día en que el cardenal Robert Francis Prevost entró en la Capilla Sixtina vestido de cardenal y salió con la sotana blanca de los Papas. Antes de asomarse al balcón de la logia se detuvo a rezar ante la Eucaristía en la Capilla Paulina, donde pidió ayuda a Dios. En ese lugar su mirada se cruzó con un curioso fresco pintado por Miguel Ángel, el del martirio de Pedro. Aunque el artista pintó al primer apóstol en la cruz, su rostro es sereno y tiene un gesto que infunde confianza.

Esa noche comprendió que había renunciado a tener una vida personal. Después de cenar con los cardenales en Santa Marta, regresó a su apartamento en el Santo Uffizio para descansar después de un día de fuertes emociones. Cuando llegó, en el patio interior encontró a decenas de personas que le estaban esperando para saludarle. Una niña le pidió que le firmara un ejemplar de la Biblia, y el Papa aceptó y constató que había cambiado de nombre.
Como prevé la tradición, su primer encuentro fue con los cardenales, una Misa el viernes 9 de mayo en la Capilla Sixtina; también con los mayores de 80 años quienes, aunque no entraron en el cónclave, sostuvieron desde el exterior las deliberaciones. «Sé que puedo contar con todos y cada uno de ustedes para caminar conmigo, mientras continuamos, como Iglesia, como comunidad de amigos de Jesús, como creyentes, anunciando la Buena Nueva y proclamando el Evangelio», les dijo.
Justo después, renovó «provisionalmente» los cargos «a los jefes y miembros de las instituciones de la Curia romana». Como hicieron Benedicto y Francisco —aunque Benedicto sí que renovó inmediatamente a su secretario de Estado— se ha «reservado un tiempo para la reflexión, la oración y el diálogo, antes de cualquier nombramiento o confirmación definitiva». Su primer nombramiento importante será el del próximo prefecto del Dicasterio para los Obispos, cargo que ocupaba hasta ahora.
Su visión para la Iglesia
El sábado retomó el formato de las reuniones del precónclave para estar a puerta cerrada con los cardenales e intercambiar impresiones sobre la modalidad de gobierno y las prioridades. Allí explicó que igual que «León XIII, con su histórica encíclica Rerum novarum afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial», él desea ofrecer responder con la doctrina social «a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y del trabajo». Además, confirmó que va a actuar en sintonía total con el Concilio Vaticano II y con las grandes líneas del Papa Francisco, entre la que citó «el regreso al primado de Cristo en el anuncio», «la conversión misionera», «el crecimiento en colegialidad y en sinodalidad», «la atención al sensus fidei», «el cuidado amoroso de los débiles y descartados» y «el diálogo valiente y confiado con el mundo». Probablemente las desarrollará en un documento magisterial programático que preparará en los próximos meses.

Su primer encuentro que podría considerarse una decisión estrictamente personal fue la visita al santuario de la Virgen del Buen Consejo en Genazzano, a 60 kilómetros de Roma. El cardenal Prevost solía acudir allí cada vez que recibía una tarea delicada.
Genazzano tiene solo 5.000 habitantes, aunque allí viven muchos menos. Cuando el sábado corrió la voz de que el Papa estaba a punto de llegar, casi todos salieron a las calles para acogerle. León llegó en una furgoneta Volkswagen con los cristales oscuros, sentado en el asiento del copiloto y con la ventanilla cerrada. Con timidez, saludó a algunas personas antes de entrar en la basílica. En la puerta le pasaron un micrófono y confió que cuando lo visitó en 2001, al ser elegido prior general de los agustinos, llevó la decisión de «ofrecer la vida a la Iglesia».
Con sus predecesores
De regreso a Roma se desvió hacia Santa María la Mayor, pues deseaba rezar ante la tumba de Francisco. Siguió la costumbre de este de detenerse primero ante el icono de María Salus Populi Romani y luego se encaminó con paso decidido hacia el lugar donde reposan sus restos, para dejar una rosa blanca. Allí, frente a la reproducción del crucifijo del Buen Pastor que llevaba su predecesor y a la lápida con el nombre Franciscus, se emocionó de nuevo: se le vio dar un fuerte resoplido, con gesto desarmado, y ponerse de rodillas en silencio.
El domingo a primera hora solicitó poder rezar lo más cerca posible de la tumba de San Pedro. Le llevaron hasta la capilla que hay frente a la tumba de Pío XII. Después de rezar allí y ante el sepulcro del primer apóstol, visitó con cariño las tumbas de otros de sus predecesores, como Pablo VI, Juan Pablo I y Benedicto XVI. Luego, celebró Misa en las grutas vaticanas para despedirse de algunos sacerdotes agustinos con los que ha compartido estos años y para saludar a su hermano John, recién llegado desde Chicago junto a su mujer. Aunque eran muy pocos, diez o doce personas, preparó una homilía en dos idiomas para ellos: «Hoy es el Día de la Madre. Creo que solo hay una madre aquí presente: ¡Feliz Día de la Madre! Una de las expresiones más hermosas del amor de Dios es el amor que derraman las madres, especialmente sobre sus hijos y nietos».

No tuvo tiempo para estar con ellos, pues a mediodía fue el primer Regina caeli de su pontificado, la cita que —casi siempre para el ángelus, salvo en Pascua— le espera todos los domingos. Se presentó solo en el balcón central de la basílica y pareció resumir con sus gestos y palabras los tres últimos pontificados: como Juan Pablo II, dijo a los jóvenes que sienten que Dios les está llamando «no tengáis miedo»; como Benedicto XVI, explicó con profundidad la doctrina, citando a padres de la Iglesia, y como Francisco, clamó contra la Tercera Guerra Mundial a trozos. Con valentía, se atrevió a cantar el Regina caeli, siguiendo la enseñanza de san Agustín de que «quien reza cantando, reza dos veces».
Simbólicamente, el lunes, su primera audiencia fue con el cardenal Baldassare Reina, vicario de la diócesis de Roma, para empezar a familiarizarse con las necesidades de la ciudad de la que se acaba de convertir en obispo. Esa misma mañana mantuvo su primera conversación telefónica con un líder mundial, Volodímir Zelenski. El presidente ucraniano le invitó a viajar a Ucrania para llevar «una esperanza real a todos los creyentes y a todo nuestro pueblo». «Acordamos mantenernos en contacto y planear un encuentro en persona en un futuro próximo», explicó Zelenski. Mientras tanto, el Papa deberá aprender geopolítica para conseguir esa «paz desarmada y desarmante» que propuso tras su elección.

«Estoy aprendiendo a ser Papa», asegura. Pero lo dice tranquilo. El camino que ha recorrido hasta Roma, desde su infancia en Chicago, la misión en Perú, la labor como prior de los agustinos y la visión como prefecto de obispos, le han preparado para hacerlo.