¿No ardía nuestro corazón? - Alfa y Omega

Estas palabras del Evangelio, leídas en muchos idiomas por jóvenes durante la vigilia de oración en Tor Vergata, resuenan con fuerza en mi interior mientras veo al Papa León XIV de rodillas, en silencio, rezando por los jóvenes del mundo: por los que están aquí, cerca de él, y por los que están lejos, en la última esquina del planeta.

Reza por los jóvenes que hemos podido traer y por aquellos que hoy viven un plan paralelo, conectados desde sus diócesis, porque no podían permitirse el viaje a Roma. Reza por todos. Y todos, absolutamente todos, están esta noche en el altar del Señor, en el corazón del Papa León, que nos invita a seguir a Cristo con la certeza de que —como aprendió de san Agustín— el amor siempre vence, y el mal no prevalecerá.

El centro del mundo se colocó en la Eucaristía cuando el Santo Padre, sin micrófonos ni discursos, simplemente oró. El silencio en Tor Vergata era sobrecogedor. No se oía una sola voz, solo el eco del alma de un millón de jóvenes reunidos para adorar.

No era solo el Papa quien rezaba. También los obispos —muchos de ellos de rodillas en el suelo, como sus jóvenes— pedían por sus diócesis. Por esta juventud que busca certezas, dirección, luz. Fue un gesto de humildad y comunión. La Iglesia orando por su futuro. Y su presente.

Porque esta noche, muchos jóvenes han conocido al que será el Papa de su juventud. Así como yo viví a Francisco, otros crecieron con Benedicto XVI y otros con san Juan Pablo II. Hoy ha comenzado una nueva etapa, con un pastor que ha sabido mirar con ternura y con verdad a esta generación.

Y comprendemos, una vez más, que donde está Pedro, está la Iglesia. Porque en él aprendemos a seguir a Cristo. Porque su fe, su oración silenciosa, nos sostiene y nos confirma. Y entonces, sí: arde nuestro corazón. Arde por dentro, no por euforia pasajera, sino por una certeza que no se apaga: el Señor está vivo, y nos ha llamado por nuestro nombre.