San León Magno, una parroquia que invita «a mirar hacia lo alto»
En el barrio de Arganzuela, este templo «es un lugar de encuentro y de referencia para mucha gente». Enrique Olmo, su párroco, nos abre las puertas de una casa en la que todos se conocen por su nombre
Junto a la chimenea del viejo Gasómetro, en la Puerta de Toledo, una parroquia nacida en 1965 es hoy el punto de encuentro de un barrio entero: niños que se acercan a la fe, mayores que comentan el Evangelio, belenistas que no ven pasar las horas y voluntarios de Cáritas que acogen a quien llega sin nada.
Una chimenea de ladrillo recuerda lo que fue este rincón de Madrid: la fábrica que producía el gas de los faroles, las veladas de boxeo, el campo de fútbol, las vías que se soterraron y dieron paso a un barrio nuevo. Pegada a ella, mirando hacia lo alto, está la parroquia de San León Magno.
Nació cuando el arzobispo Casimiro Morcillo creó de golpe un buen puñado de parroquias y arrancó en unos pequeños bajos de la calle Laurel. Hace 20 años estrenó templo, de líneas modernas, que por fuera no parece una iglesia. Pero al entrar, explica su párroco, Enrique Olmo, uno «se lleva una grata impresión»: un mosaico de Cristo que invita a rezar y una parroquia «encarnada en un barrio donde todo el mundo se conoce por su nombre». «Se siente uno como en casa y la pretensión nuestra es que siga siendo así», dice.
Meritxell lleva casi esos mismos 20 años de catequista y guarda un tesoro: «Si te ven por la calle tus catecúmenos, van corriendo y te dan dos besos. Piensas que algo bueno estarás haciendo si te acogen con cariño. Porque los niños dicen la verdad». Su desvelo son los padres: «Hay veces que hay que trabajar más con los padres que con los pequeños».
Para los mayores, la parroquia es compañía: Vida Ascendente reúne a quienes Olmo llama «las personas que tienen más experiencia» para leer el Evangelio y comentarlo entre amigos. Hay un Aula de Teología y una tertulia literaria mensual, con G. K. Chesterton, Miguel de Unamuno o Georges Bernanos. Llegan jóvenes sin bautizar que piden iniciarse en la fe y treintañeros que nunca se confirmaron.
Manos que cuidan la fe
En el taller del belén, María Jesús y sus compañeras construyen escenarios y pintan figuras durante tardes que «casi que nos tiene que echar el párroco», cuenta entre risas. Desde 2019 montan también escenas de la Pasión, una iniciativa pionera en Madrid cuya joya es el cenáculo. «Es una catequesis», afirma, y confiesa que «era una pena que se perdiese» un trabajo de «tantísimos años».

Quien llama hoy a la Cáritas parroquial es sobre todo un migrante recién llegado, antes colombiano o dominicano, ahora venezolano, sin vivienda asequible en el barrio ni papeles para trabajar. «Como no tienen permiso para trabajar, no los contratan, y como no les contratan no les dan el permiso», explican los voluntarios. Y el desarraigo «es casi completo»: algunos «no tienen aquí a nadie». Se les orienta, se les ayuda y se les viste con la ropa del ropero con un criterio claro: «¿Tú te lo pondrías?». Porque «el pobre tiene, aunque esté necesitado, una dignidad», recuerda Olmo.
El día que el Papa se despidió de Madrid, un grupo de feligreses pidió al párroco releer sus discursos. No esperaron al libro: los imprimieron de la web del Vaticano y hoy muchos los guardan como «un recuerdo vivo». Ahora, el consejo pastoral y los retiros de los sábados buscan cómo hacerlos vida y que no queden en un cajón. Meritxell, que empezó en otra parroquia y luego llegó aquí con su hija, lo tiene claro: cada párroco «da su impronta» y la de Enrique es implicarse y promover «cosas distintas».

Si mañana —en un futuro imaginario— desapareciera la parroquia, dice Enrique Olmo, «perdería mucho». Un lugar de referencia donde celebrar la fe, pero también donde encontrar amigos con los que ir al cine o tomar una caña tras la Misa de doce. «La gente necesita esos lugares que le hagan soñar, que le hagan sentirse que no somos un número», añade. Los voluntarios de Cáritas lo resumen en otra imagen: «Un pilar espiritual, un poco lo que nos engancha a todos», con sus grupos de lectura, sus sevillanas, su paella un domingo y unas cervezas el siguiente.
Olmo habla de un encuentro «horizontal» entre las personas y de otro «vertical», y señala la chimenea que tienen al lado, que «nos invita a mirar hacia lo alto». Es el lema del curso: «Alcemos juntos la mirada».