Un solo amor - Alfa y Omega

Un solo amor

30º Domingo del tiempo ordinario / Mateo 22, 34-40

María González
'El buen samaritano', de Vincent van Gogh. Kröller-Müller Museum en Otterlo (Países Bajos).
El buen samaritano, de Vincent van Gogh. Kröller-Müller Museum en Otterlo (Países Bajos). Foto: Google art and culture.

Evangelio: Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En estos dos mandamientos se sostienen toda la ley y los Profetas.

Comentario

Los fariseos, que acababan de ver cómo Jesús dejaba sin palabras a los saduceos, se reúnen para probarle. Uno de ellos, doctor de la ley, le plantea una cuestión que se debatía en las escuelas de Israel. Entre los 613 preceptos que los rabinos contaban en la Torá, ¿cuál es el más importante? La pregunta no nace de la sed de verdad, sino del deseo de ponerle a prueba. Y, sin embargo, Jesús responde con una claridad que les desarma.

Cita primero el shemá, la oración que todo israelita recitaba cada mañana y cada noche. «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». No hay aquí una lista de obligaciones, sino una invitación a entregarse por entero. Dios no se conforma con una parte de nosotros, con un rato de oración o con un cumplimiento exterior. Lo quiere todo, y lo quiere porque nos ha amado primero. Benedicto XVI lo recordó con insistencia, el cristianismo no comienza con una decisión ética ni con una gran idea, sino con el encuentro con una Persona que da a la vida un nuevo horizonte. El mandamiento es, en realidad, respuesta. Amamos porque antes hemos sido amados (1 Jn 4, 19).

Pero el Señor no se detiene ahí. Añade, sin que nadie se lo pida, un segundo mandamiento que es semejante al primero. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La palabra «semejante» es decisiva. Jesús no coloca el amor al prójimo como un apéndice piadoso, sino que lo sitúa en el mismo plano, como el reverso necesario del amor a Dios. Parafraseando al apóstol san Juan, «quien dice amar a Dios, a quien no ve, y desprecia al hermano que tiene delante, se engaña» (1 Jn 4, 20). Y quien se afana por el hermano sin levantar nunca los ojos al Padre corre el riesgo de quedarse en una filantropía sin raíz, que se agota cuando se agotan las fuerzas.

Aquí se encierra una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo. Unos reducen la fe a un asunto privado. Otros la reducen a un compromiso social. El Evangelio rechaza ambas salidas. El amor a Dios que no se hace carne en la atención al pobre, al enfermo, al que está solo, es una devoción hueca. Y el servicio que no se alimenta de la oración acaba cansado y sin esperanza. Lo mostró Jesús la noche de la cena, cuando se ciñó una toalla y lavó los pies de unos hombres que horas después huirían (Jn 13, 1-15). En ese gesto los dos mandamientos son uno solo, y de ahí nace el «amaos como yo os he amado» (Jn 13, 34), que ya no mide el amor por nuestras fuerzas, sino por las suyas.

Conviene mirar también la expresión «como a ti mismo». No es una invitación al egoísmo, sino el reconocimiento de que solo quien se sabe querido por Dios puede quererse con verdad y solo así puede querer de verdad a otros. Quien se desprecia no sabe regalar. Quien se descubre amado, en cambio, se descubre capaz de amar, aun con sus límites.

Jesús concluye que de estos dos mandamientos penden la ley entera y los profetas. Todo lo demás, los ritos, las normas, las costumbres, recibe de aquí su sentido y su medida. Un cristiano puede equivocarse en muchas cosas, pero no puede equivocarse en esto. Como nos recuerda san Juan de la Cruz al final de la vida se nos examinará del amor. Ese examen no será de teorías sino de gestos pequeños, un vaso de agua, una visita, una paciencia que nadie vio. Y quien los hizo descubrirá que amaba a Dios, porque el Señor ha querido esconderse en el rostro del necesitado. Quien los omitió descubrirá que su devoción, por brillante que fuera, no llegó a tocar al Dios que decía buscar.

Quiere el Señor un corazón único, sin divisiones, capaz de adorarle a Él y de reconocerle en el rostro de cada hermano.