Cuenta Sófocles en la tragedia griega de Edipo Rey que este estaba convencido de que la solución pasaba por identificar al culpable de la desgraciada peste que asolaba Tebas. Una verdad mucho más incómoda se acabó imponiendo, su propia responsabilidad porque la autoridad no se limita a ejercer el poder, sino también y sobre todo en responder por las consecuencias de aquello que ocurre bajo su gobierno. 

La tragedia de Edipo anticipa una idea fundamental: las organizaciones no deben diseñarse sobre la premisa de la perfección humana. Los hombres se equivocan. Lo decisivo es determinar si quienes tenían la responsabilidad de organizar y proteger el sistema actuaron con la diligencia necesaria para prevenir las consecuencias de esos errores. Por eso, en estos días, aun cuando todos puedan entender que en el fatídico accidente ferroviario de Urda se pudo producir un error humano, la cuestión que se impone no es quién lo cometió, sino quién tenía la obligación de evitar que ese error produjera semejantes consecuencias. El drama de Edipo consiste en advertir que no basta con señalar a otro; quien ocupa el lugar de dirección forma parte inevitable del problema cuando los mecanismos destinados a proteger a la comunidad fracasan. La verdadera pregunta es, pues, otra: ¿por qué el sistema dependía de que esa persona no se equivocara nunca? La responsabilidad no es solo de quien cometió el error, sino de un modo cualificado de quien tenía el deber de prever que las personas pueden equivocarse y, aun así, no estableció los medios necesarios para evitar la tragedia.

Edipo no provocó deliberadamente la peste ni deseó el mal de su pueblo. Sin embargo, ello no le exime de responsabilidad. Esa es, precisamente, la carga que acompaña al poder.