Empecemos hoy a parar la guerra

El Papa rezó en el cementerio y su silencio, que casi puede verse entre la mano que bendice y la lápida, está lleno de vida: creemos que algo grande nos espera y que allí están ya nuestros santos y los de los otros. Las bienaventuranzas son nuestro programa electoral

Guillermo Vila Ribera
El Papa León XIV celebra la Santa Misa en conmemoración de todos los Fieles Difuntos en el cementerio del Verano, en Roma, Italia, el 2 de noviembre de 2026.
Foto: EFE / EPA / Fabio Frustaci.

Los belicosos no conocen la guerra y por eso la promueven. Hablan de ella en sus tribunas y sus posts y vociferan consignas que suenan épicas y vacías, a la vez, como un niño que se disfraza de Spiderman y todos sabemos que no lo es. El presidente del este y el del oeste desconocen el nombre de sus víctimas de ida y vuelta. Hay guerras justas, supongo, violencias legítimas; pero sobre todo hay excusas para esconder el orgullo debajo de toneladas de palabras y de drones y de odio. 

Quizá no haya palabra más adecuada para la guerra que la que utilizó el pasado lunes el Papa León XIV durante la Misa en la Conmemoración de los Fieles Difuntos celebrada en el cementerio romano del Verano. El Santo Padre recordó a todas las víctimas de «la absurda violencia de la guerra». Un dato: la Universidad de Upsala documentó 65 conflictos armados en el año 2025. Fruto de esa violencia organizada, 244.600 personas perdieron la vida el año pasado.

Es normal que nos acordemos de nuestros santos, porque están ahí, al otro lado de la piel. Hablamos con ellos mientras nos hacemos el desayuno, vemos el telediario a su lado, rezamos juntos; pero esos otros muertos desconocidos también llaman a la puerta. A la nuestra y a la de las urnas cuyos votos derivan en las espirales de tanta violencia, efectivamente absurda. «¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños y de tantos ancianos lleguen al corazón y conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!», dijo el Papa. Sus palabras son doblemente certeras porque, como dijo Simone Weil, «la desgracia y la verdad necesitan, para ser escuchadas, la misma clase de atención». Y esa atención solo puede surgir del amor. Solo desde esa disposición interior, fruto de la gracia, puede uno contemplar tanto dolor con la misma intensidad con la que se exige luchar contra él. 

El Papa rezó en el cementerio y su silencio, ese que casi puede verse entre la mano que bendice y la lápida, está lleno de vida: creemos que algo grande nos espera y que allí están ya nuestros santos y los de los otros. Las bienaventuranzas, que también citó el Santo Padre, son acaso nuestro programa electoral. Aquel al que debiéramos comprometernos para romper, en la medida de nuestras pequeñas eternidades, la terrible injusticia de la guerra. Empecemos hoy por ese vecino al que no soportamos. Borremos ese tuit que nos salió del hígado. Dejemos hablar a la abuela, aunque ya nos lo sepamos. Paguemos el IVA. Empecemos hoy.