León XIV se rinde a la Iglesia diocesana: «Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo»
Durante su discurso, León XIV ha asegurado que «juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad»
El Papa ha aplaudido, se ha emocionado e incluso se ha reído con la propuesta que la Iglesia de Madrid —y la de Alcalá y Getafe— le ha presentado en el Santiago Bernabéu. Le ha gustado tanto, que ha dejado a un lado su discurso para proclamar que «¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!».
Acto seguido, ha retomado su discurso y no ha tardado ni 20 segundos en mostrar sus cartas: comunión, comunión y comunión. Es el tema al que le ha dedicado su discurso casi por completo. Él lo ha formulado con otras palabras, pero la idea es la misma. «Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», ha señalado León XIV al inicio de su discurso, jaleado desde la grada a cada rato.
Una comunión que el Pontífice ha enraizado en el Bautismo. En él, «nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos a la vid». Este elixir «trasforma lo que ya había en nosotros», porque «se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común».
Así, los cristianos podrían estar condenados a la uniformidad. Pero ante este peligro, el Papa ha rememorado su reciente encíclica Magnifica humanitas, donde «he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén».
Otra alternativa propuesta por León XIV es «la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad».
No obstante, los cristianos tienen «su propia forma de construir». A saber, «orientar la acción hacia Dios, para que, baso su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último».
Sinodalidad frente a la tentación de «encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía». Sinodalidad para no encerrarnos y así «llegar al corazón de la ciudad». Aunque para ello, también «hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera», hay que cultivar «el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado».
De la comunión a la misión
Durante su discurso, el Santo Padre también ha invitado a pasar de la comunión a la misión. Ahí, «la pregunta que se vuelve más importante es: Lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades?».
En este sentido, ha asegurado que «juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad». Un testimonio que da fruto. Y ha añadido: «Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta».
El Pontífice ha cerrado su discurso hablando de los presbíteros, a los que ha llamado a «reconocer la práctica del discernimiento comunitario», y de los consejos pastorales: «Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos». No, «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no solo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama».
Y ha concluido: «En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo».