José Masip, nuevo presidente de la ACdP: «La fe se propone, no se impone»
El nuevo presidente de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) reivindica, a las puertas del XXVIII Congreso Católicos y Vida Pública, la continuidad con el carisma fundacional, llama a los católicos a hacer comunión y confía en la capacidad de la fe y de los jóvenes para responder a los desafíos de nuestro tiempo
—Cuando fue elegido habló de humildad, de limitaciones y de confianza en una gran obra. ¿Qué es lo que le pide Dios en este momento, al asumir una responsabilidad como esta?
—Servicio. Servirle a Él. Sin duda, lo más importante es servir al Señor. Todo movimiento, toda asociación, y mucho más esta, tiene como finalidad servir al Señor. ¿Cómo? En este caso, bajo el carisma propio de la ACdP. Pero siempre se trata de servirle a Él.
—El presidente de la ACdP no solo dirige una asociación, sino un conjunto de obras educativas, culturales y de comunicación muy relevantes y con mucha presencia en la vida pública. ¿Cómo afrontar una institución tan amplia, siempre con el carisma de Ángel Herrera Oria en el horizonte?
—Lo importante es el Señor. Las obras son instrumentos a su servicio y tienen un fin: servirle a Él.
—Se habla de continuidad en su elección. Pero ningún presidente se limita a continuar: cada uno tiene su acento personal. ¿Dónde cree usted que estará el suyo?
—He sido ocho años vicepresidente de la ACdP con Alfonso Bullón de Mendoza y he tenido muy buena relación con esa presidencia. De hecho, parte de lo que yo pienso ha quedado impregnado también en ella. Por tanto, sería renunciar a mi propio ser, a mi propio pasado, si renunciase a todo eso.
Por eso siempre hablo de continuidad, de continuidad en mí mismo, no solo con el anterior presidente. Pero cada uno, evidentemente, tiene sus acentos. Aunque tengamos una misma forma de pensar sobre la asociación, cada uno pone el acento en algo. Y el carisma propio de la ACdP viene de mucho antes, desde su constitución con el padre Ayala y el cardenal Herrera. Todos somos descendientes de eso.
—¿Tenemos hoy los católicos españoles más miedo que hace unos años a manifestar públicamente nuestras convicciones?
—Yo creo que no, todo lo contrario. Depende de la etapa a la que nos refiramos, pero, respecto a hace 20 años, creo que hoy se tiene menos miedo a dar testimonio de la propia fe. Que cada uno interprete la fe como la interprete o que haya más o menos creyentes es otra cosa.
Ese testimonio lo vemos en la propia juventud. Ha surgido una juventud totalmente comprometida, que busca algo nuevo, que busca encontrar dentro de sí misma algo que habían perdido generaciones pasadas. Y eso da un espíritu tremendo y una gran esperanza para los tiempos que vienen.
—¿Qué significa ser católico en la vida pública? En este contexto tan plural, tan complejo y tan extremo a la hora de defender las posiciones, ¿es una cuestión de defender nuestros principios, de construir alianzas, de dar testimonio o de todo a la vez?
—Evidentemente, de todo a la vez. Yo siempre digo que propagandista no es solo aquel que está asociado a la ACdP. Propagandista es usted, que con sus escritos continuos en los medios de comunicación da testimonio de su fe en la vida pública. Y entendida la vida pública en el sentido más amplio de la palabra, no solamente en la política. La política es un campo de la vida pública, pero hay que dar testimonio de esa fe en todos los ámbitos.
Por eso tenemos desde hace tres años los desayunos de oración, inspirados en iniciativas que ya existían en otros países, para que gente normal de la vida civil dé testimonio de su fe sin miedo. Yo creo que católicos en la vida pública lo somos todos en cuanto manifestamos nuestra fe sin miedo. No tenemos por qué ser agresivos en esa manifestación. La fe se propone, no se impone. Y esa propuesta es la que debemos llevar a la sociedad.

—A veces es cierto que la presencia pública de los católicos en la sociedad se identifica rápidamente con una determinada posición política. ¿Cómo podemos evitar que la fe se quede atrapada en una trinchera ideológica?
—Es evidente que un católico se identifica políticamente con uno u otro partido según sus credos se acerquen más a una u otra forma de pensar. Pero nunca debe poner por delante su ideología política sobre su pensamiento católico. Y la fe católica puede estar presente en cualquier partido político.
Otra cosa es que el partido quiera dejar de lado la fe. Hay un pasaje del Evangelio en el que se enseña una moneda y se plantea a quién debemos servir. Hay una dimensión de la vida material y otra que tiene que ver con Dios. Debemos cumplir las leyes que marcan los gobiernos correspondientes, sean de la ideología que sean, pero sin olvidar nunca dónde está lo esencial.
—¿Qué autocrítica deberíamos hacer los católicos españoles?
—Primero debemos conocer la fuerza interior que tenemos cuando nos acercamos a la fe. Y, si descubrimos esa fuerza, que es seguramente la que nos falta, con fe podemos llegar donde queramos. Pero pongámonos siempre en manos del Señor, ante las adversidades y los problemas.
Hay un vídeo que se ha hecho viral, del Carlos Ortiz, director del Área de Colegios CEU, fallecido en el accidente de tren de Urda. Es un ejemplo de cómo debemos ponernos en sus manos.
—Este año el XXVIII Congreso Católicos y Vida Pública, que se celebra del 13 al 15 de noviembre en Madrid, mira a la hispanidad. ¿Por qué se eligió este tema y qué tiene que aportar el concepto de hispanidad a un Occidente que vive una evidente crisis de identidad?
—Este año se mira a la hispanidad en el congreso por unas fechas cruciales: Isabel la Católica, el aniversario; el descubrimiento de América… Todo ello nos hizo reflexionar sobre lo cerca que estamos de ese pueblo hermano que es toda Hispanoamérica. Nos unen tantas cosas que somos un mismo pueblo, unido en una misma fe. Por tanto, creíamos que era importante resaltar eso en un momento en que, a veces, no sé por qué motivo, se intenta destruir esa unión.
—Además, estos días hemos recibido a algunos líderes de Iberoamérica en la cumbre. Y tenemos al Papa a punto de partir a Uruguay, Argentina y Perú.
—Han coincidido dos fechas muy concretas que también hermanan, de alguna manera, nuestra patria con Hispanoamérica. Y no lo sabíamos. Es una coincidencia pura. Dios marca sus caminos.
—Hablamos mucho de lo que la hispanidad puede aportar a España, pero ¿qué aporta España a la hispanidad?
—Yo creo que en su día aportó mucho y enriqueció mucho a esos países. Países ricos en lo material. Y, sin embargo, cuando descubrieron la fe, al margen de sus luchas internas y demás, descubrieron también un mundo nuevo para ellos. Hoy eso se nos está devolviendo en forma de riqueza. Hablando del posible oro que pudimos coger de allí, que no fue tanto, el oro de verdad nos lo traen ahora los hispanos con su fe, que llega a una Europa en horas sombrías.
Y esa fe está resurgiendo. Yo no soy pesimista. Soy muy optimista respecto al futuro. Francia está despertando también en su fe. Hemos visto cómo se manifiesta esa vitalidad. Pero mucho antes ya habían empezado a surgir iniciativas y comunidades en Francia que viven profundamente su fe. Porque, además, llenar las iglesias, si las llenas de almas vacías, no sirve para nada. Las iglesias hay que llenarlas de corazones ardientes, capaces de llevar al mundo a Cristo.
—Es verdad que ahora en muchísimas parroquias hay una gran presencia hispanoamericana; muchos son catequistas o participan activamente en las parroquias. Pero también vivimos un momento socialmente muy extremo. Nosotros, como católicos en la vida pública, ¿cómo podemos aportar para que las posiciones se acerquen y no se alejen?
—Yo diría que hay dos mandamientos fundamentales: uno, amar a Dios sobre todas las cosas, y otro, al prójimo como a uno mismo. Yo quiero y espero que el católico ame al prójimo como se ama a sí mismo.
Y con el mundo hispanoamericano tenemos una misma cultura, una misma fe. ¿Por qué no pensamos que fuimos nosotros, no hace muchos años, hace 50 o 60 años, los emigrantes que íbamos a Venezuela, Argentina o México? En las horas bajas de España nos alimentaron esos pueblos, nos dieron su acogida. Lo mínimo que podemos hacer ahora es acogerlos nosotros.

—¿Cómo podemos defender la herencia hispánica sin caer en una visión idealizada de la historia y sin negar las sombras?
—Reconociendo las sombras. Cualquier persona puede mirarse a sí misma y veremos que todos tenemos sombras. Nadie es perfecto en la vida. Y en la conquista de América hubo muchas sombras. Pero pongámoslo en una balanza y veamos si hubo más sombras que luces.
Muchos de los que critican hoy la posible conquista —y entre comillas hablo de conquista, porque no fue una conquista en sí— de América son descendientes de esa mezcla que hubo entre los hispanos y los indígenas que había allí entonces. La riqueza de dos pueblos, de dos formas de pensar, se unieron y conformaron una hispanidad unida.
—Se están debilitando algunos de los grandes anclajes de Occidente, tal y como los hemos conocido hasta ahora: la familia, el concepto de comunidad… ¿Cuál cree que es la pérdida más difícil de recuperar? ¿Dónde deberíamos poner el foco?
—La familia no se puede destruir. Tengamos fe en eso. Hubo un régimen que puso un telón de acero y quiso destruir la familia, y hoy las familias han resurgido totalmente allí. Y, a veces, pensemos: ¿Doce personas fueron capaces de transmitir lo que hoy sentimos al transmitir la fe? ¿Cuántos cristianos fueron perseguidos en la Roma de entonces? Eran muy pocos y consolidaron una fe.
Yo estoy convencido de que el gran futuro de la Iglesia, y del resurgimiento de la fe, va a estar en África. Y África terminará dándonos ejemplos de fe y de solidaridad. Porque la sangre de todos esos mártires que hoy mueren no va a quedar abandonada, como no quedó abandonada la de los primeros cristianos cuando murieron.
—Es verdad que hoy hay un anhelo de trascendencia que es más patente o se ha hecho más público. Vivimos en la Iglesia un momento muy interesante para saber dar respuesta. Pero ¿estamos preparados para ello? ¿O estamos cada uno mirando hacia dentro en vez de mirar en común para hacer una fuerza viva que pueda dar respuesta a toda esa gente que busca?
—Sin duda, ha tocado tal vez el punto más débil que tenemos: nos miramos mucho a nosotros mismos. Mi asociación, mi movimiento, mi parroquia… Y no sabemos entender a veces que la parroquia del otro, los pensamientos del otro, también vienen de Dios. Hagamos comunión. Cuando Alfonso Coronel de Palma quiso hacer estos congresos de católicos buscaba, de alguna manera, dos cosas. Primero, hacer presente el catolicismo en la vida pública, que un congreso trascendiera a la vida pública y resonara en España. Que no fuera un congreso de médicos, de abogados, de constructores o de un sindicato, sino que fueran los católicos los que se unieran. Pero también buscaba la comunión de todos los movimientos. Por eso, cuando volví a asumir la dirección del congreso con María San Gil, solo pedí dos cosas. La primera, llamar a todos los movimientos. Que este fuera el congreso de todos, no nuestro. Esta es la casa de todos, piense como piense cada uno.
Y, en segundo lugar, rejuvenecerlo. Yo quiero rejuvenecer la asociación, pero quiero rejuvenecer también la sociedad y la fe. Hay que empezar a pasar la antorcha a gente joven, a gente que vaya con un espíritu nuevo, sin abandonar a los que tenemos más edad.
—¿Cuándo entendió por primera vez que su fe no era algo privado?
—No le digo que cuando nací, porque no tenía conciencia de eso. Pero vengo de una casa en la que nunca me impusieron nada. No venía de la imposición. De hecho, cada hermano luego pensó como pensaba. Pero mi testimonio de fe siempre estuvo presente ante todos. Recuerdo, de pequeño, ir con los amigos. Ellos no iban a Misa. Yo cogía mi bicicleta y me iba a la parroquia. Y siempre respetaban mi fe. Yo les daba testimonio. Algunos de ellos se venían conmigo. Tenía 14 o 15 años.
Nunca he tenido complejo en manifestar mi fe públicamente. Es cierto que luego he tenido muy buenos profesores en ese campo. Gente que siempre me ha dado libertad para pensar. Porque lo peor, a veces, es imponer. Si se impone, se corre el riesgo de provocar rechazo. Pero si se sabe proponer con la mano abierta, con el corazón, al final se capta mucho mejor que desde la imposición.