El trabajo apremiaba y tuvimos que regresar antes de lo deseado a Madrid. Pero la despedida de ese castañar ocre a nuestras espaldas, lleno de frutos del otoño, fue temporal. Volveremos a recoger con Ventura, carretilla y en cuclillas, las castañas gallegas —«decid a los madrileños que son las mejores»—; a pasear con Abril, vara en mano, por los caminos mullidos de hojas mientras huimos del ladrar lejano de los perros; a tumbarnos en la carretera, noche cerrada, para ver las estrellas con Javi; a seguir los pasos con Maribel, ese Día de Todos los Santos, hasta el cementerio de la aldea, de tu Prada, para poner flores y piedras con búhos en tu tumba y la de tus padres. Por la noche, comeremos todos juntos pipas frente a la chimenea y enseñaremos a las niñas cómo se alimenta el fuego. Cantaremos canciones eternas e intentaremos adaptar las modernas sin suerte. Dormiremos calientes frente a la helada noche de la montaña orensana. Pero, sobre todo y ante todo, reviviremos todos y cada uno de los olores, sabores, colores y vientos que, amiga, te hacían volver siempre a casa. Donde una parte de ti habita para siempre.