Estamos ante una encrucijada: disponemos de una tecnología cada vez más poderosa sin saber todavía si estamos preparados para gobernarla. La inteligencia artificial (IA), la robótica, la biotecnología y las ciencias cognitivas están transformando aceleradamente nuestra manera de trabajar, comunicarnos, relacionarnos y comprender el mundo. Pero ¿estamos construyendo una sociedad más humana o simplemente una sociedad más eficiente? Esta es la cuestión que plantea León XIV en el tercer capítulo de Magnifica humanitas, titulado «Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA». El Papa propone un discernimiento que va más allá de las posibilidades técnicas y sitúa en el centro la dignidad de la persona, el bien común y la responsabilidad social.
Cuando la técnica se convierte en poder
León XIV recoge la crítica al paradigma tecnocrático formulada por Francisco en Laudato si’. El problema no es la tecnología en sí misma, sino convertir la eficiencia, el control y el beneficio económico en los criterios que gobiernan todas las decisiones. Cuando esto sucede, las personas corren el riesgo de convertirse en piezas de un sistema y la creación en un objeto de explotación.
El desarrollo tecnológico puede favorecer el progreso humano, pero no garantiza por sí solo una sociedad mejor. Tener más medios no significa necesariamente ser más humanos. De ahí la advertencia del Papa: el poder digital, concentrado en pocas grandes empresas y plataformas, puede generar nuevas dependencias, desigualdades y formas de manipulación. Los datos, los algoritmos y las infraestructuras digitales no son realidades neutrales: determinan quién participa, quién tiene oportunidades y quién queda excluido.
La inteligencia artificial no tiene corazón
El Papa reconoce las posibilidades de la IA, pero advierte contra la tentación de equipararla a la inteligencia humana. Estos sistemas pueden procesar cantidades ingentes de información, realizar cálculos extraordinarios e imitar determinados comportamientos. Sin embargo, no tienen cuerpo, no experimentan el dolor ni la alegría, no conocen desde dentro el amor, la amistad, el trabajo o la responsabilidad. Tampoco poseen conciencia moral para distinguir el bien del mal.
La diferencia es decisiva. Una máquina puede simular empatía, pero no ama; puede reproducir palabras de consuelo, pero no establece por ello una relación personal. León XIV advierte incluso del peligro de que una comunicación artificialmente afectuosa termine debilitando el deseo de encontrarse con personas reales, especialmente en quienes viven situaciones de soledad.
La facilidad para obtener respuestas inmediatas puede, además, acostumbrarnos a delegar el pensamiento, debilitar el juicio personal y reducir la creatividad. A ello se añade el impacto ambiental de los grandes sistemas de IA, que consumen enormes cantidades de energía y agua.
Una tecnología que necesita responsabilidad y controles
Uno de los aspectos más incisivos del capítulo es la denuncia de los riesgos de dejar decisiones humanas en manos de algoritmos. El acceso al trabajo, los créditos, determinados servicios o la reputación de una persona pueden quedar condicionados por sistemas automatizados que no conocen la compasión, la misericordia ni la posibilidad del perdón.
El peligro está en presentar como objetivas decisiones que pueden reproducir prejuicios, intereses económicos y determinadas visiones ideológicas. Cuando un algoritmo decide quién merece una oportunidad y quién es descartado, la injusticia puede ocultarse bajo una apariencia de neutralidad.
Por eso, León XIV reclama transparencia, responsabilidad y una gobernanza efectiva de la inteligencia artificial. Los diseñadores, programadores, empresas, usuarios y responsables políticos deben poder responder de las consecuencias de sus decisiones. No basta invocar la ética: hacen falta normas jurídicas, controles independientes, formación y participación social.
El Papa introduce una expresión especialmente significativa: «desarmar» la inteligencia artificial. No significa renunciar a sus avances, sino impedir que se convierta en instrumento de dominio, competencia económica o supremacía geopolítica. La tecnología debe estar al servicio de todos y no sometida al control exclusivo de unos pocos.
No somos máquinas que deban optimizarse
La reflexión se adentra después en una cuestión antropológica de gran calado: el transhumanismo y el posthumanismo. Estas corrientes, con planteamientos diversos, alimentan la expectativa de superar los límites humanos mediante la tecnología, incrementar nuestras capacidades e incluso alcanzar una nueva condición mediante la hibridación con las máquinas.
León XIV no rechaza la investigación científica ni las posibilidades de mejorar las condiciones de vida. Lo que cuestiona es una mentalidad que considera la enfermedad, la vejez, el sufrimiento y la vulnerabilidad como defectos que necesariamente deben eliminarse. El ser humano no alcanza su plenitud suprimiendo todos sus límites. Con frecuencia, precisamente a través de ellos aprende la compasión, la generosidad, la solidaridad y el amor.
La grandeza humana no reside únicamente en la inteligencia o el rendimiento. Se manifiesta también en el cuidado de los demás: acompañar a un anciano, educar a un niño, atender a un enfermo o consolar a quien sufre. Son gestos aparentemente sencillos que revelan una dimensión de la existencia que ninguna máquina puede sustituir.
El verdadero progreso nace del amor
Frente a las promesas de una humanidad artificialmente potenciada, el Papa propone el humanismo cristiano. La verdadera superación del ser humano no procede de una tecnología que promete hacerlo autosuficiente, sino de la gracia de Dios, que transforma a la persona y la conduce a la plenitud del amor. En Cristo, el ser humano no pierde su identidad: se convierte en una criatura nueva.
Y la historia ofrece testimonios elocuentes de esta grandeza: Martin Luther King, Nelson Mandela, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, y tantas personas que han trabajado por la dignidad humana. También los mártires de la fraternidad y los «mártires de lo cotidiano», que curan, educan, acompañan y sirven discretamente, muestran que el progreso verdadero necesita compromiso, memoria y perseverancia.
El capítulo concluye con una referencia profundamente agustiniana. León XIV recupera la doctrina de las dos ciudades de san Agustín, nacidas de dos amores: el amor de Dios y del prójimo, y el amor exclusivo de uno mismo. También la revolución digital está atravesada por esta tensión. Podemos construir una nueva Babel, donde el poder y el dominio se impongan sobre las personas, o trabajar en la reconstrucción de Jerusalén, donde la técnica contribuya a una convivencia más justa y fraterna.
La pregunta que queda en el aire es tan sencilla como exigente: ¿hace la inteligencia artificial la vida humana más digna y más humana? Si la respuesta es afirmativa, merece ser acogida y utilizada responsablemente. Si aumenta el poder mientras disminuye la solidaridad, habrá que revisar profundamente sus objetivos.
La advertencia de León XIV resulta oportuna: el futuro no depende solamente de lo que, medida del progreso humano, seamos capaces de inventar, sino también de lo que estemos dispuestos a amar y proteger. La técnica puede crecer sin que se marchite el corazón. Esa es la verdadera revolución.
P. Isaac González Marcos, OSA