Historiador peruano sobre la Cumbre Iberoamericana: «En el imaginario americano, España es una aliada vital»

Ramón Mújica Pinilla, académico de número de la Academia Nacional de Historia de Perú, ha estado en España con motivo de la Cumbre Iberoamericana. Asegura que el desafío para esta comunidad es «transformar esas identidades históricas compartidas en un destino común». Afirma además que la visita de León XIV a América Latina «adquiere una dimensión histórica particular» y «sitúa a la Iglesia americana en una posición de fuerza restauradora para Roma»

María Martínez López
Mújica en una foto de archivo con los reyes Felipe VI y Letizia. Foto cedida por Ramón Mújica Pinilla.
Mújica en una foto de archivo con los reyes Felipe VI y Letizia al ser nombrado patrono del Instituto Cervantes en 2014. Foto cedida por Ramón Mújica Pinilla.

—La Cumbre Iberoamericana que acaba de concluir en Madrid cumple 35 años y alcanza su edición número 30. ¿Es digna heredera de la comunidad hispana nacida en la Edad Moderna y concreción actual de la Hispanidad, o una mera cita política como tantas otras?
—Es una pregunta cargada de interrogantes. En estas Cumbres Iberoamericanas, España ocupa, sin duda, una función protagónica y privilegiada. Convoca a 22 países de Europa y América, pues gran parte de esa «comunidad hispánica» nació tras la conquista del Nuevo Mundo, se consolidó durante tres siglos de evangelización y experimentó posteriormente el surgimiento de repúblicas soberanas e independientes.

El tema de fondo es qué entendemos por «Hispanidad». Ya desde el siglo XIX, este vocablo estaba cargado de connotaciones políticas. En su Defensa de la Hispanidad (1934), Ramiro de Maeztu concibe la Hispanidad como una comunidad espiritual católica, unificada por la lengua, pero que reconoce el sentido histórico de España. Este mismo relato serviría para combatir el liberalismo secularizador y, posteriormente, sería incorporado al nacionalcatolicismo franquista.

Pero existen otros hispanismos, también surgidos a finales del siglo XIX. Para José Enrique Rodó y José Vasconcelos, el hispanismo podía servir para hacer frente común a la influencia desestabilizadora norteamericana o para exaltar los mestizajes raciales y culturales de una América en plena ebullición.

En nuestros días, el hispanismo debería incluir plenamente la cultura de la América hispana, con sus múltiples variantes mestizas. El problema surge cuando las izquierdas explotan políticamente el supuesto «trauma de la Conquista» y las derechas asumen como propio el relato del conquistador español, rechazando la «visión de los vencidos».

—La Cumbre de Madrid se ha visto como un intento de relanzar este organismo tras el pobre resultado de la de Cuenca (Ecuador) en 2024, si bien se tiende a diagnosticar su salud únicamente por la presencia de jefes de Estado y de Gobierno. ¿Hasta qué punto cree que estos encuentros están efectivamente en un momento crítico? ¿O los mantiene con buena salud el trabajo de los niveles inferiores, donde realmente se negocia?
—Las Cumbres Iberoamericanas siempre estarán marcadas por gestos arbitrarios o simbólicos de algunos jefes de Estado. Esto puede incluir la decisión de no asistir al encuentro y enviar, en su lugar, a representantes políticos o técnicos.

Pero ello no significa necesariamente que, en los «niveles inferiores», continúen fortaleciéndose los trabajos técnicos de cooperación que permitan contrarrestar los problemas que aquejan a nuestras sociedades: la fragmentación internacional, las desigualdades, la transformación tecnológica, la defensa de la democracia y las relaciones entre Europa y América Latina.

España, dentro del imaginario americano, lejos de ser una amenaza, es ahora una aliada vital. Al final del día, la dimensión política de estas Cumbres reside en su capacidad para dar continuidad diplomática e institucional a los proyectos conjuntos pendientes.

Las divisiones ideológicas tienen una capacidad infinita para politizarlo o polarizarlo todo mediante matices doctrinales. Lamentablemente, toda lectura ahistórica o anacrónica termina por desfigurar la realidad social y cultural de nuestros pueblos.

—Dentro de este recuento de dirigentes, se centró bastante atención periodística en la ausencia de los de izquierdas frente a la presencia de los de la llamada ultraderecha, como Milei (Argentina) o Kast (Chile), y en qué sector iba a ser más fuerte. América Latina no es ajena a grandes tensiones entre izquierda y derecha en el pasado. ¿Amenaza ahora esta brecha a la comunidad y a la identidad común de forma especial? ¿Cuál podría ser el antídoto?
—La polarización ideológica es un riesgo real, pero en América Latina no constituye un fenómeno nuevo. Desde la aparición de las repúblicas independientes, nuestras sociedades han estado marcadas por enfrentamientos ideológicos violentos, revoluciones, dictaduras militares y guerras civiles, entre otros conflictos.

Lo verdaderamente novedoso no es tanto la polarización entre izquierda y derecha, inherente a cualquier democracia, sino el resurgimiento de nuevas formas de imperialismo, conquista y explotación por parte de potencias como Estados Unidos y China. Mediante el poder de las armas, la presión económica o el control financiero, estas naciones buscan apropiarse de los recursos naturales de otros países y someterlos a nuevas formas de dependencia colonial. Se trata de una modalidad distinta del colonialismo territorial de los siglos pasados.

Lo primero que hizo el ministro de Relaciones Exteriores del Perú tras asumir el poder la presidenta Keiko Fujimori fue anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán. La respuesta iraní fue que, en realidad, no había nada que romper, puesto que no existían vínculos diplomáticos entre ambos países. Con ello, el Estado peruano se mostró como una república vasalla del presidente Trump, hoy caído en desgracia.

Durante una conferencia sobre santa Rosa de Lima en Madrid. Foto: Casa América.
Durante una conferencia sobre santa Rosa de Lima en Madrid. Foto: Casa América.

En estas coyunturas, el antídoto contra los extremos políticos siempre es fortalecer la cultura del diálogo. Para negociar con el otro deben existir principios básicos compartidos: el respeto por la democracia, la libertad y la dignidad humana.

En las Cumbres Iberoamericanas debería importar poco que los jefes de Estado sean de izquierdas o de derechas. Lo verdaderamente importante es que, más allá de sus diferencias ideológicas, sean capaces de preservar la dignidad de la institución y evitar que la vulgaridad, la descalificación y el insulto se conviertan en un estilo personal de ejercer la política.

—¿Qué le suscita como historiador el que ha sido lema de este año: Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad. Juntos la proyectamos hacia el futuro y hacia el mundo?
—Iberoamérica no es una comunidad construida artificialmente por la diplomacia contemporánea. Es el resultado de un largo proceso histórico de encuentros, conflictos, intercambios y mestizajes que, desde la Edad Moderna, ha configurado un espacio cultural que trasciende las fronteras nacionales de España y de sus antiguos reinos de ultramar.

Esta comunidad, sin embargo, no solo mira al pasado. Debe proyectarse hacia el futuro mediante una voluntad efectiva de cooperación, respeto mutuo y reconocimiento de su diversidad cultural y racial. El desafío para todos, como sugiere el lema, consiste en transformar esas identidades históricas compartidas en un destino común.

—La Cumbre tiene una vertiente política y empresarial. ¿Echa de menos la cultural, o ya hay suficientes foros y ámbitos diferentes en los que se trabaja esta? ¿Qué papel podría jugar en ese construir y proyectar la comunidad hispana?
—Sin política y economía no hay cooperación, pero sin cultura —visual y escrita— no hay comunidad histórica ni memoria compartida. Sería muy importante que estas Cumbres sirvieran también para difundir y expresar las tradiciones artísticas de nuestros pueblos. Los artistas, escritores, intelectuales e investigadores iberoamericanos son los llamados a repensar nuestras identidades compartidas.

El futuro y el sentido último de nuestras naciones no pueden depender exclusivamente de los políticos y los economistas. Una visión de largo alcance sobre el bien común debe estar libre de rivalidades partidarias y de los intereses de quienes detentan el poder y buscan su rentabilidad.

—Usted es historiador y experto en el arte virreinal en Perú y en el papel de la religión en ese período. ¿Cómo fue el germen de esta comunidad hispana que ha hecho de ella un caso único en la historia?
—El Perú es un país profundamente religioso, y la cultura visual del período virreinal sigue plenamente vigente en las calles y en las fiestas populares de mi país. Cuzco, Arequipa, Trujillo, Puno y Lima, entre otras ciudades de origen virreinal, están repletas de iglesias y conventos que atesoran obras maestras de artífices locales indígenas, mestizos y criollos.

La pintura religiosa servía como instrumento de catequesis e instrucción religiosa. En ella se entremezclaban la narrativa de la Contrarreforma con la exaltación providencialista de la monarquía hispánica.

De hecho, en muchas de estas obras figura la aristocracia inca como donante de retablos, altares de plata o series pictóricas. A través de estas donaciones, se articulaban diversas devociones religiosas que permitían expresar su lealtad a la Corona y a la Iglesia y, con ello, ejercer un mayor protagonismo social y político.

La religión católica no era solamente un cuerpo de creencias. Presuponía una cultura visual y formas de espiritualidad que integraban a los creyentes de toda condición social y racial.

Desde la década de 1950, las Iglesias evangélicas norteamericanas entraron en la Amazonía y en las zonas rurales andinas para captar nuevos feligreses y, de paso, neutralizar y cuestionar la herencia simbólica del Barroco andino hispánico.

—Los retos de la inteligencia artificial y cómo afrontarlos juntos han sido uno de los pilares de la cita de Madrid. De hecho, se ha creado la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial.
—La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria para todas las ciencias empíricas, incluidas la medicina y la investigación histórica. Sus usos, lamentablemente, pueden derivar en graves abusos: su utilización militar y la deshumanización de la guerra, la automatización de los empleos, la manipulación de la opinión pública, la progresiva pérdida del pensamiento crítico, la concentración del poder y la erosión de la libertad individual, entre tantos otros peligros.

Según José María Lassalle, la IA «afecta directamente al español porque manejamos la IA anglosajona, que quiere colonizar nuestros datos y nuestra manera de pensar».

Uno de los retos para los iberoamericanos consiste en mantener la soberanía de nuestra lengua y nuestra cultura, como depositarias de una civilización humanística hispánica, y evitar que sean devoradas por un globalismo hegemónico y homogeneizador.

—Usted dirigió la Biblioteca Nacional del Perú. ¿Cómo imagina el futuro del conocimiento y del saber humano dentro de un par de décadas, si la implantación de la IA sigue el ritmo actual? ¿Teme por el futuro de los libros?
—El conocimiento y la cultura no son meros datos. Encarnan valores, experiencias, modos de pensamiento y formas de lenguaje. La IA puede conglomerar toda la información producida a lo largo de la historia de la humanidad, pero es un programa sin emociones ni pensamiento propio.

Quizá en el futuro los libros impresos se conviertan en reliquias de una civilización caduca, conquistada por la máquina. Pero la dignidad humana es irreproducible e insustituible.

—Un poco más lejos de los focos, se ha abordado cómo facilitar el reconocimiento de títulos universitarios. Esto puede ser clave para que, por ejemplo, los migrantes puedan aportar sus conocimientos a la sociedad que los acoge, en vez de quedar restringidos a empleos precarios. ¿Contribuiría también a la consolidación de una comunidad cultural hispana o iberoamericana?
—Hay que decirles a los dirigentes de la Cumbre que estos encuentros no deben quedar en meras declaraciones de principios o intenciones. Deben traducirse en compromisos concretos.

La iniciativa de homologar títulos universitarios entre los países iberoamericanos, o incluso de proporcionar becas a migrantes con capacidades académicas destacadas, constituye una forma de garantizar la formación de profesionales y reconocer la utilidad de sus talentos para la sociedad que los acoge.

El futuro de una comunidad cultural iberoamericana debe presuponer condiciones educativas adecuadas para todos sus miembros.

—Un Papa estadounidense nacionalizado peruano recorre desde este viernes tres países hispanoamericanos hablando íntegramente en español, después de haber estado hace cinco meses en España. Al margen de sus mensajes en cada país, ¿qué cree que puede significar para el continente y la comunidad hispanoamericana?
—El Pontífice León XIV, nacido en Estados Unidos pero nacionalizado peruano, ha tenido una larga trayectoria pastoral en América Latina. Su visita a Uruguay, Argentina y Perú sitúa, sin duda, a la Iglesia americana en una posición de fuerza restauradora para Roma.

La Iglesia católica, desde su llegada al Nuevo Mundo, fue portadora de la lengua castellana, del Evangelio y de las artes. Su visita adquiere, por ello, una dimensión histórica particular. 

De alguna manera, su presencia en Sudamérica evoca una identidad religiosa común a los pueblos americanos que antecede y trasciende las fronteras de sus Estados nacionales, creados en el siglo XIX. La Iglesia llegó a América con España y, de alguna manera, sus prédicas en español constituyen un homenaje a la Hispanidad.

Curiosamente, se trata de un segundo Papa americano que, para colmo, ha tenido la valentía de enfrentarse a los tecnócratas e ideólogos de Silicon Valley para denunciar los graves riesgos que representa la inteligencia artificial para la dignidad humana y el futuro de nuestras sociedades. Ese solo hecho lo destaca como una voz ética que defiende una civilización bajo asedio.