Carta completa de los obispos de la provincia eclesiástica de Madrid ante la beatificación de Aláez y compañeros mártires

Obispos de la Provincia Eclesiástica de Madrid

Queridos hermanos y hermanas de las diócesis de Madrid, Alcalá y Getafe:

1. El pasado 18 de diciembre, memoria de Nuestra Señora de la Esperanza, el Papa León XIV reconoció el martirio de Ignacio Aláez Vaquero y sus diez compañeros, seminaristas y familiares. La próxima beatificación que viviremos en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, el sábado 28 de noviembre, será sin duda una ocasión para dar gracias a Dios por la entrega de estos nuevos beatos, para dejarnos alcanzar por su testimonio de fe y caridad, y para mirar el futuro con la esperanza propia de quienes han nacido a una vida nueva que brota de la muerte y resurrección de Jesucristo. Los obispos de las tres diócesis hermanas queremos expresar nuestra alegría por este acontecimiento de gracia, y, al mismo tiempo, compartir con vosotros algunas reflexiones que nos ayuden a vivirlo con mayor profundidad espiritual.

I. «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (Ap 7, 13)

2. Jesús lo prometió a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio» (Lc 21, 12 -13). Y la Iglesia, desde los primerísimos años de su peregrinación, ha custodiado y venerado de modo especial la memoria de quienes dieron testimonio con la entrega de sus vidas hasta el extremo. Nuestras diócesis de Madrid, Alcalá y Getafe tienen ahora el privilegio de ver contados entre el cándido ejército de los mártires, como reza la liturgia, a once de sus hijos: nueve jóvenes seminaristas que se preparaban para el ministerio sacerdotal, el padre de uno de estos jóvenes, que no quiso abandonar a su hijo, y el tío sacerdote de otro de ellos, que no solo fue un referente en la vocación, sino que se convirtió también en un compañero para la vida eterna. 

3. Los nuevos beatos son los siguientes: 

  • Ignacio Aláez Vaquero, de 22 años, seminarista de Madrid;
  • Ángel Trapero Sánchez -Real, de 20 años, seminarista de Madrid;
  • Cástor Zarco García, de 24 años, subdiácono de Madrid;
  • Jesús Sánchez Fernández, de 21 años, seminarista de Madrid;
  • Miguel Talavera Sevilla, de 18 años, seminarista de Madrid;
  • Miguel Talavera Sevilla, de 18 años, seminarista de Madrid;
  • Pablo Chomón Pardo, de 21 años, seminarista de Madrid;
  • junto con su tío Julio Pardo Pernía, de 63 años, sacerdote;
  • Antonio Moralejo Fernández-Shaw, de 19 años, seminarista de Madrid;
  • junto con su padre Liberato Moralejo Juan, de 60 años;
  • Mariano Arrizabalaga Español, de 21 años, seminarista de Barbastro, en Comillas;
  • y Ramón Ruiz Pérez, de 24 años, seminarista de Toledo.

Nuestras tres diócesis, que nacieron de la antigua diócesis de Madrid-Alcalá, custodian como un tesoro su memoria. Ignacio y Antonio habían nacido en la capital; el joven Miguel Talavera era natural de Boadilla del Monte, y Ángel Trapero de Navalcarnero, ambas localidades en la actual diócesis de Getafe, a la que también pertenece Ciempozuelos, donde el sacerdote Julio Pardo ejercía su ministerio como capellán de las hermanas Hospitalarias. Los lugares de su martirio también están repartidos por las tres diócesis. En el territorio de la actual diócesis de Madrid fueron martirizados Ignacio en Fuencarral; Jesús en el barrio de la China; Ángel en el cementerio de la Almudena; Ramón en el Pozo del Tío Raimundo; y Miguel cerca de Aravaca. En la diócesis complutense, Cástor en Alcalá de Henares; Antonio y Liberato en Soto de Aldovea; y Mariano en Paracuellos. Y en la diócesis de Getafe, Pablo y Julio, en Valdemoro.

4. Ignacio, Miguel, Ángel, Cástor, Jesús, Antonio, Pablo, Ramón, Mariano, Liberato y Julio, son un luminoso ejemplo de cuánto la Iglesia puede dar al mundo en la consecución de una convivencia justa y fraterna, sin renunciar a sus propias convicciones. La memoria de estos mártires no es un recuerdo meramente histórico, sino una verdadera fuerza para el presente que nos impulsa «a trabajar por la paz, a buscar la reconciliación y a mantener viva la esperanza, incluso allí donde la violencia y el odio parecen tener la última palabra»1. Como nos recordó el papa Francisco, «una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra»2. Y no hay nada más poderoso y elocuente que la sangre de los mártires.

5. Deseamos que esta beatificación sea, además, un nuevo llamamiento vocacional en nuestras Iglesias. Los nuevos beatos se formaron en las aulas de nuestro querido Seminario Conciliar, pasearon por su huerta, rezaron en su capilla, contemplaron a Jesús, Pan de Vida, en su sagrario. Buscando configurarse al Buen Pastor, entregaron su vida para que otros la tuvieran3. Su entrega nos interpela a cada uno a preguntarnos: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Estos mártires hablaron al mundo de su época, pero ahora también nos hablan a nosotros, nos preguntan a quién seguimos, por quién estamos entregando la vida.

6. Eran jóvenes con toda una vida por delante. Tenían proyectos, amistades, ilusiones y también las preguntas propias de su edad. Muchos apenas habían comenzado a recorrer el camino hacia el sacerdocio. Y, sin embargo, sus vidas no quedaron incompletas ante Dios. Nos recuerdan que la fecundidad de una vida no se mide solo por los años que dura ni por los proyectos que consigue realizar, sino por el amor con el que se vive. ¿No es esta una palabra especialmente necesaria para tantos jóvenes que buscan hoy un horizonte para su vida?

II. Escuchar la profundidad del corazón

7. El hombre moderno, que vive en la cultura del bienestar y el progreso, sigue haciéndose preguntas profundas, de calado, sobre su origen, su destino, sobre el amor, el dolor, y la muerte; y la Iglesia no responde con fórmulas esquivas o vacías de contenido, sino que muestra al mismo Dios, revelado en Cristo: «Al haberse confiado a la Iglesia la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, ella misma descubre al hombre el sentido de su propia existencia, es decir, la verdad íntima sobre el hombre. La Iglesia sabe bien que sólo Dios, a quien ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano»4. Cuando la Iglesia anuncia al hombre el Evangelio le revela y descubre la verdad más profunda sobre su mismo ser.

8. El deseo de anunciar a Cristo se encontraba con fuerza y pasión en el corazón del joven Ignacio Aláez, que escribía así al Señor Jesús en el sagrario: «Yo quisiera arrastrar las multitudes | al olor de suavísimas virtudes | que destilas, Jesús, | y volver, en mis hombros, ovejuelas | que en las breñas del mundo se prendieran | ¡y salvase tu Cruz! | Yo quisiera incendiar el orbe entero… | Yo quisiera volverme misionero | y al infiel tus “locuras” predicar… | Y morirme después martirizado… | ¡Qué me importa, Jesús Sacramentado, | si al fin he conseguido hacerte amar!».

9. Necesitamos recordar que no se puede silenciar al corazón, que las preguntas necesitan respuestas, y es aquí donde nuestra Madre Iglesia nos enseña que el corazón del hombre está hecho para mirar hacia lo alto, que no se va a conformar con respuestas que reducen la vida humana a lo inmediato, pero dejan sin atender sus preguntas más profundas y no llegan a dar sentido a la vida.

10. En la inolvidable vigilia con los jóvenes del pasado 6 de junio en Madrid, el papa León XIV nos lanzaba una invitación: «los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio»5.

11. El testimonio de nuestros nuevos beatos nos recuerda que la fe no es un conjunto de opiniones pasajeras, ni un mero sistema filosófico, político o moral, sino la fuerza que nos libera del engaño y del mal con su amor. Los mártires son una voz potente que señala la importancia de la dignidad de la conciencia, de la libertad de todo hombre, de la esperanza en la vida más allá de la muerte. Ellos, en su juventud, eligieron a Cristo, y prefirieron morir a traicionar a su Señor. Y murieron perdonando, convirtién dose así para nosotros y para nuestra sociedad en semillas elocuentes de reconciliación y de paz.

III. Los mártires, semillas de paz

12. La beatificación de nuestros seminaristas se presenta de este modo como una ocasión providencial para recordarnos que los mártires, más que hablarnos de un pasado dramático, quieren abrirnos a nuevos horizontes. Son profetas de un cristianismo vivo, alegre y valiente, y nos recuerdan a nosotros, los cristianos de hoy, que también debemos comprometernos con la sociedad en la que vivimos, contribuyendo al bien común de todos los que la formamos. Casi un siglo después, el reconocimiento del martirio y la beati ficación de estos once siervos de Dios es, más que nunca, una llamada a la reconciliación. Proclama con fuerza que el perdón es posible y que podemos vivir como hermanos, no por nuestros méritos, sino por la fuerza que recibimos del mismo Cristo. Como reco rdaba san Agustín, «la Iglesia ya es un mundo reconciliado con Dios»6.

13. Los mártires no son «rehenes » de ninguna denominación política. En los minuciosos procesos de beatificación y canonización que se estudian primero en la diócesis y después en la Santa Sede, tiene que quedar demostrado que el motivo por el que el mártir sufre la muerte es por la confes ión de su fe, y no por otras razones políticas, bélicas, ideológicas o personales; y que mueren como Cristo, perdonando, sin rencor ni ánimo revanchista. Por tanto, estamos ante una ocasión providencial para reafirmar nuestro compromiso por la paz y la fra ternidad. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, la Iglesia «nada desea más ardientemente que poder desarrollarse libremente al servicio del bien de todos bajo cualquier régimen que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común»7.

14. El testimonio de los mártires pertenece a toda la Iglesia y puede ser también un regalo para toda la sociedad desde el amor de Cristo. Pero hay algo que no podemos olvidar: en el centro del testimonio de los mártires está el amor. Ellos habían descubierto el amor de Cristo y quisieron permanecer fieles a él, incluso cuando encontraron el rechazo y la violencia. No respondieron al odio con más odio. Y esto tiene mucho que decirnos hoy, cuando nos cuesta tanto convivir con quienes piensan de otra manera y las diferencias acaban tantas veces separándonos. ¿Cómo podemos hablar de reconciliación si no aprendemos a mirar al otro con amor, incluso cuando nos resulta difícil comprenderlo? Los mártires nos recuerdan que el Evangelio abre un camino distinto, que no co nsiste en vencer a los demás con la fuerza, sino en aprender a vivir como hermanos. Ellos nos remiten a Cristo, y desde Cristo podemos aprender a reconocernos hermanos, también cuando pensamos de manera distinta. Quizá esta beatificación pueda ayudarnos a escuchar más, a juzgarnos menos y a trabajar juntos por aquello que realmente importa para nuestro pueblo.

15. La muerte de estos beatos fue la actualización, en las primeras décadas del siglo XX , de la entrega de Cristo, el Justo que murió por los injustos (cf. 1 Pe 3, 18). Y ahora, a comienzos del siglo XXI , nos recuerda que el cristiano no participa de la lógica del beneficio a toda costa, sino que se pone al servicio de los otros viviendo de este modo la auténtica libertad. No podemos acobardarnos, debemos proclamar una certeza que no se apaga: Dios sigue invitando a todos a una existencia plena y dicho8. La Iglesia, con el testimonio y la luz de los nuevos beatos, tiene la misión de ayudar a cada persona a descubrir y alcanzar la plenitud de la vida a la que es llamada desde el amor incondicional de Cristo, paz y reconciliación nuestra.

IV. Los jóvenes, discípulos y testigos

16. Como hemos dicho, en Cristo todos los hombres encuentran respuesta a las inquietudes más profundas del corazón, y sabemos estas inquietudes se plantean con mayor intensidad durante la adolescencia y juventud. Ignacio y sus compañeros seminaristas tenían en tre 18 y 24 años, estaban en la época de las preguntas y las decisiones que marcan la vida. Es cierto que, en nuestros días, junto con un renovado interés por la fe, especialmente entre algunos jóvenes, no siempre encontramos un contexto favorable para el anuncio cristiano9, aunque comienzan a aparecer signos alentadores de una nueva búsqueda de Dios. Esta beatificación llega en un momento providencial, después de que, hace unos meses, el papa León XIV en su viaje apostólico nos invitara a alzar la mirada (cf. Jn 4, 35), alimentados por el Pan de Vida, para ser testigos del amor de Cristo.

17. La Iglesia, con estos nuevos beatos, ha reconocido ya el martirio de 34 seminaristas que entregaron sus vidas durante la persecución religiosa del primer tercio del siglo XX , si bien se estima que fueron 110 los seminaristas que murieron prematura y violentamente en la España de aquellos trágicos años. Al contemplarlos, podemos percibir el grito de esperanza de tantos jóvenes que han dado su vida por Cristo, esperanza que nos enseña a nosotros a ser fieles al Evangelio incluso en contextos difíciles. La beatificación se convierte de este modo en una ocasión privilegiada para la pastoral de la santidad, también entre los jóvenes. No debemos tener miedo a soñar en grande, a ir contracorriente. En el primer encuentro del papa León con los jóvenes, con motivo del Jubileo de la Esperanza, les decía: «Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor»10. Y estas palabras encuentran un eco en nuestro encuentro de los jóvenes con el papa en Madrid en la tarde del 6 de junio de 2026: « Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? Una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros com o para los demás».11

18. Nuestros seminaristas mártires son, de este modo, una luz especial para los jóvenes de nuestras diócesis. Y muy especialmente, para nuestros seminaristas, que desean entregar también sus vidas para vivir en intimidad con el Señor y anunciar el Reino. Los cinco seminarios de nuestras diócesis —el Seminario Conciliar de la Inmaculada y San Dámaso de Madrid, el Seminario de la Inmaculada y los Santos Niños Justo y Pastor de Alcalá de Henares, el Seminario de Nuestra Señora de los Apóstoles de Getafe, y los Seminarios misioneros Redepmtoris Mater de Madrid y Alcalá — han preparado en profundidad este acontecimiento eclesial, conociendo la vida de cada uno de estos nuevos once beatos, con retiros espirituales sobre la gracia del martirio y la entrega de la vida en lo cotidiano, con la lectura de los pocos textos escritos por ellos que conservamos. La vigilia de jóvenes que celebraremos la víspera de la beatificación, el viernes 27 de noviembre a las 20 horas en la catedral de la Almudena, a la que está invitada especialmente la pastoral juvenil y vocacional de nuestras tres diócesis, quiere ayudar a los jóvenes a descubrir la belleza del seguimiento de Cristo y de la entrega de la propia vida, a imitación de nuestros mártires. 

V. Jóvenes, discípulos y testigos

19. Junto a los nueve seminaristas serán beatificados el padre del seminarista Antonio Moralejo, Liberato, y el tío sacerdote del seminarista Pablo Chomón, Julio Pardo. Los lazos de la familia se ven de este modo bendecidos de un modo nuevo por la fe, que da un horizonte nuevo no solo a nuestras vidas, sino también a las de aquellos que están junto a nosotros. Padre e hijo, tío sacerdote y seminarista, juntos en el momento decisivo de sus vidas.

20. Los mártires vivieron plenamente su vocación bautismal, que se convirtió en martirial, llevando a plenitud el «sí» a Cristo que se había prometido al inicio de sus vidas. Son siempre motivo de alegría para la Iglesia, porque su martirio muestra la fecundidad de la entrega de Cristo12. La presencia del seglar Liberato Moralejo , esposo y padre de familia, y del sacerdote Julio Pardo, junto a los nueve seminaristas, nos recuerda que la santidad no es patrimonio de una vocación concreta. Cada uno había recibido una llamada distinta y la vivía en su propio ambiente. Así es la Iglesia: un pueblo de bautizados en el que las vocaciones se necesitan y se enriquecen mutuamente. Su testimonio nos anima a superar una visión de la comunidad cristiana en la que unos llevan adelante la misión y otros simplemente colaboran. Todos estamos llama dos a ser protagonistas de ella.

21. La Iglesia custodia como un tesoro la vocación particular con la que Dios llama a cada uno de sus hijos, la riqueza de la vida y de los distintos caminos para alcanzar la meta de la santidad. Nos recordaba el papa Francisco: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús . ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales».13

22.  La misión y el testimonio de los santos, y muy en particular de los mártires, tiene especial relevancia en el primer anuncio, tan necesario en un momento en el que la iniciación cristiana experimenta notables cambios, marcados por los nuevos dinamismos sociales14. Igual que en la antigüedad cristiana la sangre de los apóstoles y de todos los mártires fue la semilla desde la que fructificó la Iglesia, los mártires del siglo XX en España son una llamada a vivir hondamente nuestra vocación bautismal, a proponer la fe a nuestros contemporáneos, y a vivir desde la libertad. El misterio del rechazo y del olvido de Dios ha estado presente, de un modo u otro, a lo largo de la Historia, y también en nuestras historias particulares. Este rechazo se presenta con especial violencia en algunas épocas, pero los santos nos demuestran que la luz de Cristo no puede ser sofocada cuando se entrega la vida libremente por amor a Dios15 .

23. Hoy no se nos pide añorar ni reproducir las circunstancias en las que ellos vivieron, sino descubrir cómo podemos responder con la misma fidelidad a las necesidades de nuestro tiempo. ¿Dónde se nos está pidiendo hoy, ahora, entregar la vida? ¿Dónde descubr o la llamada de Cristo que me interpela? Hay muchas maneras de entregar la vida sin llegar al testimonio de la sangre, tenemos muchas oportunidades de pequeños martirios y entregas que sólo conoce el Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6). Y es precisamente ahí, en la vida cotidiana, donde comienza a manifestarse la fuerza del Evangelio.

VI. Y nosotros, ¿qué haremos?

24. La beatificación de Ignacio Aláez y sus compañeros mártires se presenta, así como una oportunidad y un llamamiento a descubrir los caminos que respondan a las necesidades de nuestra sociedad, de nuestras diócesis. El Señor respeta y acompaña nuestros tiempos y nuestra libertad, pero quiere que nos dejemos tocar el corazón para que podamos discernir lo que se nos pide, «cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto » (Rom 12, 2). Estamos atentos a todo lo que sucede y se desarrolla a nuestro alrededor, para poder anunciar a los hombres a Cristo, como lo hicieron los mártires; al mismo Cristo al que la Liturgia reconoce, en la noche santa de la Pascua, como «Alfa y Omega, principio y fin, señor de los tiempos y de la historia», y que se hace presente por medio de la Iglesia, en su dimensión visible y sacramental, la misma Iglesia a la que los seminaristas mártires querían entregarse en el ministerio sacerdotal.

25. Poco antes de ser elegido papa, Joseph Ratzinger escribió lo siguiente: «Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. […] Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Necesitamo s hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres»16. El testimonio de los mártires es el mejor reflejo de la belleza de la vida cristiana, de la vocación a la santidad, el modo más convincente de una fe cristiana que nunca pasa de moda, porque no sigue ninguna moda.

Conclusión. Trigo de Dios, pan puro de Cristo. 

26. Con estas palabras, trigo de Dios, pan puro de Cristo, san Ignacio de Antioquía se refería a sí mismo ante su inminente martirio17. Así la Iglesia ha contemplado a lo largo de los siglos a sus mártires, y así queremos recordar a nuestros nuevos once beatos Ignacio, Miguel, Ángel, Cástor, Jesús, Antonio, Pablo, Ramón, Mariano, Liberato y Julio. Dios los llamó con la suavidad y la dulzura del Buen Pastor a seguirle en su más tierna infancia, y les concedió en plena juventud dar su vida por él. En las publicaciones y materiales que ya se han publicado sobre ellos18 , y en los que se editarán próximamente, podéis encontrar sus biografías, cada una de ellas única y al mismo tiempo apasionante. Todos ellos siguieron a Cristo sin reservas, hasta el extremo del amor.

27. Nos gustaría que esta beatificación dejara huella en nuestras diócesis y no se quedara solo en una celebración de un día, por importante que sea. Tenemos por delante una oportunidad para acercar la vida de estos jóvenes a nuestras parroquias, seminarios, colegios y comunidades, especialmente a los jóvenes de hoy. Conocer sus historias puede ayudarnos a preguntarnos qué nos están diciendo ahora y qué podemos aprender de su forma de seguir a Jesús. Sería hermoso que, a partir de ellos, supiéramos acompañar me jor las búsquedas vocacionales de nuestros jóvenes, fortalecer los vínculos entre nuestras comunidades y abrir caminos concretos de reconciliación y de servicio a quienes más lo necesitan. Porque la memoria de estos mártires encontrará su mejor continuidad en la vida de nuestras diócesis y en nuestra manera de vivir y anunciar el Evangelio.

28. Os animamos a encomendaros a su intercesión con la oración que proponemos como preparación para estos días de gracia en nuestras diócesis:

Señor Jesucristo, que elegiste con amor de hermano
a los seminaristas Ignacio y compañeros mártires
para dar testimonio de ti hasta la muerte,
fiados en tu palabra:
«Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos»;
te pedimos que muchos jóvenes
respondan con generosidad
a la vocación a la que les llamas,
y la gracia particular
que por su intercesión te pedimos.

Con nuestro afecto y bendición:

+ José Cobo Cano
Cardenal arzobispo de Madrid

+ Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe

+ Antonio Prieto Lucena
Obispo de Alcalá de Henares

+ Juan Antonio Martínez Camino
Obispo auxiliar de Madrid

+ José María Avendaño Perea
Obispo auxiliar de Getafe

+ Vicente Martín Muñoz
Obispo auxiliar de Madrid

Madrid, a 6 de noviembre de 2026, memoria de los santos Pedro Poveda Castroverde e Inocencio de la Inmaculada Canora Arnau, presbíteros, y compañeros, mártires. 

Notas

1 J. COBO CANO, «Prefacio», en M. V. HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, El beato Ignacio Aláez Vaquero y compañeros de Madrid, entre los 110 seminaristas mártires del siglo XX en España (Madrid 2026) 7.

2 FRANCISCO, exhortación apostólica Evangelii gaudium (24/11/2013) 183.

3 Cf. G. GARCÍA BELTRÁN, carta pastoral Para que tengan vida (2026) 5.

4 CONCILIO VATICANO II , constitución pastoral Gaudium et spes (7/12/1965) 41.

5 L EÓN XIV, Intervención en la vigilia con jóvenes (Madrid 6/6/2026) .

6 SAN AGUSTÍN, Sermón 96.

7 Gaudium et spes, 42.

8 Cf. Para que tengan vida, 28.

9 Cf. A. PRIETO LUCENA, carta pastoral Si conocieras el don de Dios (2026) 23-24.

10 LEÓN XIV, Homilía en la Santa Misa por el Jubileo de los Jóvenes (Tor Vergata, 3/8/2025).

11 Intervención en la vigilia con jóvenes.

12 Cf. J. A. MARTÍNEZ CAMINO, «Prólogo. La gran persecución en Madrid», en M. V. HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, El beato Ignacio Aláez Vaquero y compañeros de Madrid, entre los 110 seminaristas mártires del siglo XX en España (Madrid 2026) 11.

13 FRANCISCO, exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19/3/2018) 14.

14 Cf. Si conocieras el don de Dios, 40.

15 La gran persecución en Madrid, 12.

16 J. RATZINGER, La Europa de Benedicto en la crisis de las culturas (Siena 2005) 63-64.

17 SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, A los romanos, IV, 1.

18 M. V. HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, El beato Ignacio Aláez Vaquero y compañeros de Madrid, entre los 110 seminaristas mártires del siglo XX en España (Madrid 2026); ARZOBISPADO DE MADRID (redacción de M. Rodajo), Ignacio Aláez Vaquero y 10 compañeros seminaristas y familiares mártires del siglo XX en Madrid (Madrid 2017); ARZOBISPADO DE MADRID, Martirologio Matritense del siglo XX. Volumen I. Diocesanos (Madrid 2026).Compartir en X (se abre en una ventana nueva)