El Papa León XIV reivindica el lugar de los abuelos, las personas mayores y los sacerdotes ancianos en una sociedad que idolatra la eficiencia. Frente a la soledad y el olvido, propone una revolución de la gratitud, el cuidado y la fraternidad.

«Yo nunca te olvidaré» (Is 49, 15). La promesa de Dios, elegida por León XIV como lema de la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, celebrada el 26 de julio de 2026, encierra mucho más que un mensaje de consuelo. Es una llamada de atención a las familias, a la Iglesia y a toda la sociedad: ¿qué lugar reservamos a quienes han dedicado su vida a cuidar de los demás?

El Papa pone el dedo en una de las heridas de nuestro tiempo: la soledad de quienes, después de muchos años de entrega, sienten que han dejado de contar. Hay mayores que viven rodeados de personas, pero apenas encuentran a alguien dispuesto a escucharlos; otros, en residencias u hospitales, corren el riesgo de convertirse en un número o en un diagnóstico. Frente a esta cultura de la indiferencia, de la que ya alertaba el Papa Francisco, León XIV recuerda que la dignidad humana no disminuye con la edad, la enfermedad o la pérdida de autonomía.

Su mensaje cuestiona una mentalidad que mide el valor de las personas por su productividad, su independencia o su capacidad para obtener resultados. La vejez no es una etapa inútil ni una espera pasiva: puede ser un tiempo fecundo para transmitir la fe, compartir la experiencia, acompañar a otros y profundizar en la relación con Dios.

Una revolución de la gratitud y el cuidado

En la homilía del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Ancianos, el 1 de junio de 2025, León XIV presentó la familia como una comunidad de vínculos y cuidados entre generaciones. Los abuelos desempeñan en ella una misión insustituible: transmiten, con sus palabras y su ejemplo, una memoria de fidelidad, sacrificio y confianza en Dios. La fe no pasa únicamente por las enseñanzas formales, sino también por la oración compartida, las celebraciones familiares y la perseverancia cotidiana.

Pero la gratitud no puede quedarse en buenas intenciones. En su mensaje para la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, en 2025, el Papa invitó a derribar los «muros de la indiferencia» y a poner en marcha una auténtica revolución del cuidado. Visitar a quienes viven solos, llamar a los familiares olvidados, crear redes de apoyo y ofrecer compañía son formas concretas de anunciar el Evangelio.

Esta cercanía exige también aprender a escuchar. Durante su visita a una residencia de mayores en Angola, el 20 de abril de 2026, León XIV recordó que los ancianos no solo necesitan asistencia: custodian la sabiduría de un pueblo. En su encuentro con enfermos y mayores en Ostia Lido, el 15 de febrero, insistió igualmente en que todos forman parte de la familia parroquial y tienen algo que decir, dar y compartir. Los jóvenes aportan energía e iniciativa; los mayores, experiencia y perspectiva. Una generación necesita a la otra.

También los sacerdotes ancianos siguen sirviendo

Esta defensa de la fecundidad de la vejez adquiere una dimensión especialmente significativa cuando se dirige a quienes han entregado su vida al ministerio sacerdotal. En el encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma, el 19 de febrero de 2026, León XIV escuchó las preocupaciones de presbíteros que, después de años de servicio, afrontan la enfermedad, la soledad o la renuncia a responsabilidades pastorales.

Su respuesta fue clara: la vocación no pierde su sentido cuando disminuyen las fuerzas. El Papa recordó a los sacerdotes mayores que «su oración también puede ser un gran servicio, un gran don». Quien ya no puede celebrar con regularidad, atender una parroquia o desempeñar las tareas de antes sigue sosteniendo a la Iglesia mediante la intercesión, el consejo prudente y la memoria agradecida de su ministerio. La fecundidad sacerdotal no se mide exclusivamente por la actividad visible.

León XIV subrayó, además, que la fraternidad sacerdotal debe traducirse en gestos concretos. Llamar, visitar y acompañar a los presbíteros ancianos o enfermos no es una cortesía opcional, sino una exigencia de comunión. En su discurso a los participantes en el curso de formación para nuevos obispos, el 10 de septiembre de 2026, pidió prestar especial atención a estos sacerdotes y hacerles sentir que la Iglesia valora y agradece su entrega.

La misma responsabilidad alcanza a las comunidades religiosas y a los laicos. La colaboración de quienes llevan la comunión a los enfermos en sus domicilios es valiosa, pero no debe convertirse en una excusa para renunciar a la visita personal. Hay presencias que ninguna ayuda material puede sustituir: una conversación, una escucha paciente, una palabra de afecto.

Una Iglesia que no abandona a nadie

El discurso de León XIV ante la UNESCO, el 25 de septiembre de 2026, amplió esta reflexión al recordar que la dignidad de los mayores pone a prueba los valores de una sociedad. Si una persona solo merece consideración mientras resulta útil, la dignidad deja de ser un valor intrínseco y se convierte en una recompensa por el rendimiento.

Frente a esa lógica, el Papa invita a construir familias, parroquias e instituciones donde nadie quede excluido por su edad o fragilidad. También a reconocer que la vida espiritual puede seguir creciendo en circunstancias difíciles. La oración de un sacerdote enfermo, el testimonio de una religiosa anciana o las historias de un abuelo pueden enriquecer a toda una comunidad, aunque no aparezcan en ninguna estadística.

La pregunta decisiva es qué clase de Iglesia y de sociedad queremos ser. Una comunidad que aparta a quienes ya no pueden hacerlo todo termina empobreciéndose; una comunidad que los escucha y acompaña descubre que la esperanza no tiene edad.

«Yo nunca te olvidaré»: la promesa bíblica puede convertirse en un programa cotidiano de vida cristiana. Significa visitar, escuchar, agradecer y cuidar. Significa reconocer que quienes nos precedieron siguen teniendo mucho que aportar y que quienes nos sirvieron merecen ahora nuestra cercanía.

Porque una Iglesia que acompaña a sus mayores demuestra que la vocación no caduca, que la gratitud se hace cuidado y que la oración, incluso en el silencio de una habitación, continúa siendo un servicio fecundo para todos.

P. Isaac González Marcos, OSA