León XIV reivindica en Montevideo una sociedad donde nadie sea prescindible

El Papa ha comenzado este viernes en Montevideo su viaje apostólico a Sudamérica con una defensa de la vida, la familia y los más vulnerables. «Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos», ha advertido ante las autoridades y la sociedad civil del país

Cristina Sánchez Aguilar
El Papa escucha al presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. Foto: Vatican News.
El Papa escucha al presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. Foto: Vatican News.

Montevideo ha recibido este viernes a León XIV con los brazos abiertos. El Papa ha comenzado en Uruguay el viaje apostólico que durante los próximos días le llevará también a Argentina y Perú, regresando así a una América Latina que conoce bien y a la que quiso saludar desde el primer momento como una tierra plural, con una historia propia y con heridas que no siempre se ven.

Tras aterrizar en el aeropuerto de Carrasco, León XIV se ha trasladado a la Plaza Independencia, en el corazón de Montevideo. Allí ha mantenido su primer encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. Ante el presidente Yamandú Orsi, ha pronunciado un discurso profundamente pegado a la historia uruguaya.

El Papa ha elegido como hilo conductor los relieves del monumento a José Artigas. Las figuras que representan el llamado Éxodo del Pueblo Oriental de 1811 —niños, ancianos, madres, hombres y mujeres de distinta condición— le han servido para hablar, en definitiva, de un pueblo. Y desde ahí ha ido desgranando algunas de las grandes preocupaciones de su pontificado.

«La autoridad pública encuentra su razón de ser en el servicio al bien común», ha subrayado León XIV. Al recordar los 40 años de democracia ininterrumpida que Uruguay celebró en 2025, ha advertido de que ese bien común no se reduce al presente: «Comprende también la responsabilidad de transmitir a quienes vendrán después los bienes que hoy hemos recibido».

La vida que «todavía crece en el seno materno»

Uno de los momentos más significativos del discurso ha llegado al detenerse en la imagen de una mujer que lleva un bebé en brazos. El Papa ha utilizado esa escena para hablar de la vida naciente en un país donde el aborto es legal.

«Ese gesto de protección nos lleva a pensar en la vida que comienza, también en aquella que todavía crece en el seno materno», ha dicho. «Quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo. Su dependencia absoluta de la madre no disminuye la dignidad que le corresponde ni la protección que merece».

León XIV no ha separado la defensa del niño por nacer del apoyo a quienes tienen que acogerlo. «Acoger una nueva vida requiere que el padre se comprometa junto a la madre, que la familia preste su apoyo y que existan unas condiciones sociales que permitan a ambos criar y cuidar a sus hijos», ha añadido. «La protección de quien va a nacer y el apoyo de quienes lo acogen son inseparables».

También ha dedicado unas palabras a la educación y al trabajo. Los niños forman parte del pueblo «incluso antes de poder participar en sus decisiones o contribuir con su trabajo». Y, ante los rápidos cambios tecnológicos y el desarrollo de la inteligencia artificial, ha advertido de que la tecnología debe estar al servicio de las personas: «La persona que trabaja no puede quedar reducida a una simple pieza prescindible dentro del proceso productivo».

«Nadie debería sentirse extraño entre los suyos»

La mirada del Papa se ha detenido después en otra de las figuras del monumento: una anciana que avanza con dificultad apoyada en un bastón. Su presencia le ha servido para recordar que el valor de una persona no depende de su autonomía ni de lo que es capaz de producir. «La dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada», ha afirmado.

Y ha pronunciado entonces una de las frases más contundentes de su primer discurso en Uruguay: «También hoy podemos vivir rodeados de personas, compartir con ellas el trabajo, la calle o incluso el propio hogar, y desconocer el peso que llevan consigo».

«La soledad, la angustia y la pérdida de esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo», ha continuado. «Ante la dolorosa realidad del suicidio, la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables. Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia».

El Papa ha hablado también de la enfermedad, la discapacidad, la pobreza y la pérdida de autonomía. Y ha hecho una referencia personal a su propia experiencia reciente: «He experimentado en primera persona las limitaciones que impone la enfermedad y he recibido cuidados por los que estoy profundamente agradecido».

Desde ahí ha defendido el acceso a la atención sanitaria y el acompañamiento de quienes sufren. «Quien atraviesa cualquiera de estas situaciones no deja por ello de ser miembro pleno de la sociedad ni pierde nada del valor de su vida». Por eso, ha añadido, corresponde a todos procurar que «cada persona pueda vivir con dignidad, recibir los cuidados que necesita y ser acompañada hasta el término natural de su vida».

Un Estado laico que no expulse la fe

En un país caracterizado por una fuerte tradición laica, León XIV ha dedicado también una parte importante de su discurso a la convivencia entre creyentes y no creyentes.

«El carácter laico del Estado está llamado a garantizar un espacio en el que creyentes y no creyentes puedan convivir con libertad y respeto, porque hay valores que son universales», ha afirmado. Pero ha matizado que «esta neutralidad no exige que la dimensión religiosa quede confinada al ámbito privado». Las comunidades religiosas pueden contribuir al bien común respetando siempre la autonomía de las instituciones civiles, ha defendido el Pontífice.

El mensaje ha encontrado eco en las palabras de bienvenida del presidente uruguayo, Yamandú Orsi. Ha presentado la visita como una oportunidad para «reconocer los valores que nos unen» y ha destacado la capacidad del país para transformar «las diferencias y posiciones contrapuestas» en «un espacio común donde hacer crecer la justicia y la fraternidad».

Orsi ha agradecido públicamente la presencia y la labor de la Iglesia en Uruguay. «Lo que los cristianos han hecho y hacen en los barrios, en las cárceles, en y por la educación» y «el refugio y acompañamiento que la Iglesia brindó a tantos compatriotas en tiempos de dictadura» son, ha dicho, «un ejemplo claro de esa vocación». «Tenemos claro, Santidad, que en esta construcción conjunta que es el Uruguay, la Iglesia ha sido un pilar fundamental», ha añadido Orsi.

La paz como un camino

El encuentro ha terminado con una llamada a la convivencia y al diálogo. Son dos palabras que han atravesado tanto el discurso del presidente como el del Papa.

Orsi ha defendido el multilateralismo y ha asegurado que «para la humanidad, la paz, el diálogo y la negociación son el único camino posible».

León XIV, por su parte, ha situado esa vocación de entendimiento en el propio lugar de Uruguay en América Latina. «En tiempos en que las diferencias pueden convertirse fácilmente en motivo de enfrentamiento, perseverar en el respeto al derecho, en la negociación y en la búsqueda paciente de acuerdos constituye un servicio que Uruguay puede seguir ofreciendo a sus vecinos», ha señalado.

Y ha vuelto finalmente al monumento de Artigas y a aquella multitud en marcha. Desde un único punto, ha explicado, no se puede contemplar a todas las personas representadas en sus relieves. Hay que acercarse, rodear el monumento y detenerse en cada rostro. «El pueblo aparece precisamente en el conjunto», ha dicho el Papa.